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22 de junio de 2010

Hasta pronto, José



Imposible. Las palabras no pueden disolverse. Tampoco se fundirá nuestra responsabilidad porque ya no podremos esperar a que seas tú quien hable. Nos dejas; pero carga en tu mochila la certeza de que tu voz se queda entre nosotros; y con ella, la libertad de gritar siempre lo que quieren que callemos. Gracias, Maestro.

26 de mayo de 2010

Lo que pasó, pasó

Y acabó. El día 23 de Mayo finalizó una de las apuestas más arriesgadas, complejas y, por qué no decirlo, delirantes que ha dado la televisión. Lost llegó a su último minuto, y en ese preciso instante se dispararon las teclas más afiladas a decapitar con saña el descomunal atrevimiento de sus creadores. Vivimos en un mundo donde todavía es inaceptable la libertad artística, sobre todo si ésta viene reñida con los prejuicios que dictan nuestras preferencias.

Es posible que algunas de las tramas de la serie no llevaran a ningún sitio, como es innegable que algunos de sus personajes no acabaron aportando demasiado al desarrollo de la historia. También parece evidente que la coherencia aplastante de la serie en sus intenciones ha hecho muy difícil mantener la atención siempre al mismo nivel. Pero, dicho esto, estamos muy probablemente ante el producto más ambicioso, revolucionario y entretenido que nunca se ha estrenado en televisión.


Lo más interesante de Lost siempre ha sido esa inquebrantable vinculación con la literatura como motor narrativo; ese deseo manifiesto de alejarse de los modelos preestablecidos para adentrarse en un terreno inexplorado donde los espectadores eran constantemente retados con una historia que siempre avanzaba sobre sí misma, extendiendo su lógica contra unos personajes sin salida, unos locos de cristal que descubren demasiado tarde que quedaba tiempo para la lucha. Y son esos personajes el centro neurálgico de un sistema que nunca ha traicionado la lógica del relato.


Nunca antes una obra había sido sometida a un análisis tan exhaustivo, en ocasiones rayando la obsesión enfermiza, por parte de un público exigente como pocos, tan preocupado por encontrar respuestas como ignorante ante la belleza de las preguntas. Resulta estremecedor pensar en el reto de afrontar ese último capítulo, sabiendo de antemano que el resultado iba a ser objeto de millones de opiniones adversas, inevitablemente insatisfechas; porque esa es la primera verdad, y éxito, de la serie, haber creado un pequeño universo perdido en cada una de las mentes de los televidentes.

Ante esa expectación excesiva e inevitablemente injusta, los creadores han optado por el más difícil todavía; han decidido mantener vivo el misterio explicándolo todo. Ha sido tremendamente divertido observar cómo las tremendas opiniones negativas que primero aparecieron han ido mutando silenciosamente en algo muy distinto, hasta convertirse en una admiración desatada por un ejercicio narrativo digno de los mejores escritores. La ficción en televisión se ha hecho mayor y reclama atención.


Porque han sido seis años de secretos que sólo lo eran porque no podían ser desvelados; emociones contenidas en frascos de material radioactivo; mensajes al servicio del esfuerzo del espectador; retos elevados al malabarismo (ese final de la tercera temporada); protagonistas que compartían contigo la necesidad de no volver a equivocarse. Y todo ello envuelto en un embalaje de máxima diversión, perfecto acabado (impresionante banda sonora de Michael Giacchino) y descaro argumental.


El gran acierto de la historia ha sido jugar con elementos que nos resultan esenciales para construir cualquier comprensión; el tiempo, el espacio, la vida, la muerte. Todo ha dejado de tener valor en este cóctel caprichoso que llevaba mucho más alcohol del previsto. Cuando quisimos empezar saborear la bebida ya estábamos mareados, en sus manos.



Y en el fresco hay trazos de la mejor literatura (qué hubiera ocurrido sin Stephen King, Joseph Conrad o Philip K.Dik); mitología histórica y religiosa; alardes de coherencia argumental al alcance de muy pocos. Y la sensación de engaño siempre ha ido de la mano de una evidencia admiración por la apabullante lógica del resultado.

La colisión con el final ha sido un estruendo y la razón principal ha sido la falta de respuestas; pero estoy convencido que precisamente esa era la única opción válida. ¿Realmente alguien esperaba un listado desatascando enigmas? Todos los secretos de la isla estaban en el interior de quien miraba. La comodidad siempre es una compañía poco agradecida.


Precisamente ahí reaparecen las dudas que siempre me ha generado Lost; ¿realmente se trata de una obra de autoría única? En ocasiones, he tenido la sensación de que su universo se ha construido tanto en la mente de sus creadores como en la de los espectadores que, con su vehemente dedicación, colaboraban a la creación de la mitología de la serie, en la construcción de ese juego de espejos infinito que iba lanzando mensajes que siempre se correspondían con su némesis narrativa. Pasado y presente; luz y oscuridad; ciencia y religión; escritor y lector.


Y en esa jaula de reflejos es donde realmente Lost alcanza su dimensión real porque, asumiendo que resultaba imposible saber quién miraba qué en todo momento, los guionistas decidieron tomar el control y esculpir un final tan atrevido como gozosamente cuestionable.


La situación me recuerda mucho a la vivida en su momento con Twin Peaks; después de una suerte de derivaciones más o menos descontroladas, que poco aportaban al estupendo arranque de la serie, David Lynch retomó la dirección del embrollo en el último capítulo y ejecutó un golpe de timón que dejó helada a una audiencia que se había acostumbrado a otro discurso, muy lejos del alucinógeno y tremendo rostro del Agente Cooper descubriéndose transformado, sudando ante su destino poseído. Un grandioso final para una serie que acabó hipotecando su misterio por el público. Pero los tiempos han cambiado.


No dudo que cada uno tendrá su opinión acerca del final de Lost y seguramente muchos habríamos limado algunos momentos (esa imaginería religiosa), pero resulta innegable la valentía con la que nos han lanzado al vacío durante estos años, creando una ficción que está llamada a cambiar las reglas de un juego que parecía muerto.


Y ahora nos quedamos algo huérfanos. Sin esos personajes en búsqueda de una redención que transita entre la ambición inhumana de la ciencia y el integrismo homicida de cualquier credo. Sólo ese trozo de tierra perdido en ningún sitio consigue dar un sentido a su existencia. Hemos tenido muerte y drama; ausencias y reencuentros; amor y descubrimiento; errores fatales y sacrificios inútiles. Pero sobre todo y ante todo, hemos tenido Aventura. Porque ese creo que es el mensaje final de Lost; todas esas personas perdidas, encalladas en ningún sitio, pasaron juntos los mejores momentos de sus vidas; los únicos recuerdos que llegaron a valer alguna vez la pena.




Quizás, la mejor banda sonora nunca compuesta para una serie de television.

22 de febrero de 2010

Cuando dejemos de ser buenos

Pienso en The Road y algo se despliega contra la ilusión de lo que damos por seguro. Son unas alas grises que te acercan un aire templado cuando baten, algo que se mueve en una habitación preñada de sombras. Y tú eres como una luz que nunca va a recuperar el sol de una mañana a medio despertar, incapaz de apartarse el sueño de encima, que se estira pero no consigue desperezarse; los músculos se tensan, las articulaciones intentan recordar por qué están ahí, el cuello gira como el trono bastardo de unos ojos que nacieron para respirar bajo el agua pero que nunca entenderán la oscuridad. Y cuando quieres incorporarte, te percatas de que el menú del día anterior estaba en mal estado. Que algo ha ocurrido en el mundo mientras dormías.

Y con aquel aire amable acude el helado gesto de un planeta que se ha venido abajo; sólo quedan unas praderas sin árboles habitadas por seres que están mudando de piel, que están imaginando nuevos nombres que consigan hacerles justicia. Vagan en busca de lo que nunca había faltado. Tienen hambre. Y tú sólo puedes huir. ¿Papá, seguimos siendo los buenos?


Porque de eso se trata; de mantener la cordura, ese hilo escaso que nos trae el café caliente cada mañana. Dos fugitivos toman la carretera, una ruta que se extiende sobre los círculos de lo inevitable. No quedan dioses; ahora ya sabemos que nunca los hubo. Que todo estaba en nuestras manos y sólo nos queda echar de menos los tiempos por los que valía la pena luchar.

Y esos dos profetas de un pasado incompleto avanzan hacia ningún sitio, en el reino de la nada. La felicidad es un sótano lleno de latas, una vela que ilumina el espacio eterno entre dos seres que todavía se quieren. Esos instantes que mantienen viva la sensación de que no está todo perdido. Sólo necesitan comer y seguir su destino imposible hacia un sur que no les ha prometido nada pero que es todo a cuanto pueden aspirar.

El cielo es acero que nos anestesia ante el origen del cambio, contra aquellos primeros instantes de una nueva era que ya no busca comprensión. Los colores ya no tienen sentido. A los nacidos en este nuevo mundo les han dejado de importar los motivos; sólo saben lo que tienen que hacer.

El camino se reduce a una única intención; avanzas para negar la extinción de tus semejantes. En algún lugar debe quedar un niño con quien volver a jugar, un padre con fuerza para seguir adelante. En algún lugar debe quedar alguien que no se haya transformado.


Porque la especie entera se encuentra en tránsito hacia algo imposible; la gente anónima que solías cruzarte por la calle son ahora muertos vivientes que vagan por la carretera, mutaciones de una conciencia colectiva que quizás ya estuviera loca antes de desaparecer; buscan su alimento en tus restos, como el primer mundo devoró al tercero antes de que todo cambiara.

Sumidos en una salvaje metáfora sobre los misterios del capitalismo feroz y la fuerza como única redención posible, todo cuanto puedes hacer es abrazarte al equipaje que todavía no has perdido y arrastrarte sin hacer demasiado ruido, soñando con un mundo sin depredadores.

Y dos balas juegan a rimar con el destino; esos dos disparos son el recuerdo de una madre que supo que la lucha llegaba tarde. La traición se viste de aviso y la rendición es cordura. No puedes quitarte la vida cuando lo que significas ya no vive.

The Road ya era enorme en papel. Cormac McCarthy escribió en 2004 una obra maestra que se ha instalado para siempre en la historia de la literatura contemporánea. Seca, audaz, concisa en la descripción de lo inexplicable. Inabarcable en su profundidad, The Road me ha enseñado que quizás no queden historias por contar pero si formas de hacerlo.

Ahora John Hillcoat se arriesga con lo intocable y adapta el texto de McCarthy con una fidelidad honesta, sin pretender vestir lo que debía permanecer desnudo. Con el apoyo inestimable del gran Javier Aguirresarobe, que regala un trabajo de fotografía que deja sin aliento, el director hace lo necesario con una historia que ya era todo lo que podía ser.

Y en esta potente adaptación, destaca especialmente el trabajo de unos intérpretes que se convierten en papel helado; desde un Viggo Mortensen en entrega absoluta hasta un Robert Duvall que muestra cómo unos gestos cansados ante el fuego pueden dibujar un estado de ánimo que ya no necesita expresarse.

Pero, entre todos ellos, es Kodi Smit-McPhee quien consigue que mi corazón se parta en dos; espeluznante la interpretación de ese niño que consigue trasladar la desolación de un ser perdido que sólo ha aprendido a no resignarse. Nunca había visto llorar a alguien de esa manera en una pantalla; ese llanto se alza como un grito de ayuda a quien todavía puede cambiar las cosas. Y el espectador se encoge y desvía la mirada.


No es fácil entrar en esta habitación, una suerte de caminos cruzados donde estalla el choque entre todos los principios y sus finales, pero estamos ante una obra que es mucho más que un aviso. Es un frio espejo sin marco que arroja la certeza de lo innegable, justo antes de romperse y reclamar nuestra atención. Preferimos no pensar en ello, pero todos esos cristales en el suelo son pedazos de conciencia que nos avisan de lo que poco que tardaríamos en dejar de ser buenos. Carne y necesidad.


13 de diciembre de 2009

Bunny

Bunny Munro está muerto de frío. Es el último de una especie que nació para ser derrotada. Un miserable de peinado imposible y aliento de alcohol cuajado. Bunny es un loco follador roto por dentro, la sombra de habitaciones vestidas con papel que huye hacia el cielo. Es un lamento incómodo rodeado por sexos de labios tensados a punto de morder. A Bunny le encanta Avril Lavigne y es el único cabrón que entiende qué está pidiendo Kiley Minogue en Spinning Around. Minúsculos pantalones dorados con botones y promesas a punto de explotar.

Sí, Bunny está más muerto que vivo, pero tiene sus momentos; y un hijo, marciano de mirada triste y ecuación sin incógnita; y una mujer, suicida con recuerdos de pastillas y sexo con jovencitas colocadas. Circunstancias y pétalos metálicos con aroma de espinas y piel.

Él sabe lo que hace. Lo suyo es la venta de cosméticos; ricas, hidratantes y calmantes lociones de medianoche y cartón. Padre e hijo, armados con su Fiat Punto, tanque arrugado de guaridas injustas y palos de golf, surcan el rastro del sol derramado sobre el asfalto, huyendo de las cosas a medio hacer, alucinados ratones de cola de melaza. Vivimos en un extraño mundo de misterios azules y terciopelo mojado.

Cabalgando sobre caminos apretados como pubis recién afeitados, regalos de nada que no sea seguir mirando. Entrepiernas hinchadas con erecciones borrachas y la enciclopedia ardiendo, tirada en la calle. Quizás ya aprendimos todo lo que se puede saber.

Y ese crío, con sus ojitos de admiración compasiva, esperando en el coche, heredero de un nombre condenado; pobre Bunny Junior. El cansancio de un futuro que ya no cree en nadie descansa sobre sus escasas espaldas, dibuja su sonrisa de huérfano desquiciado. Resulta curioso lo poco que sangra la oreja de un niño; lo poco que duele, verla sangrar.

Alguien debería hacer algo por ese chico, pero Bunny Munro está agonizando de nuevo entre las piernas de su última cliente, rebotando mientras piensa en lo poco que le costaría asesinar a su padre, ese abuelo vengador de dientes partidos.

Son una familia caníbal en vísperas de la cena de navidad, con todas las invitaciones pendientes de un hilo. Ese niño debería tener unas tijeras para despedazar a la bruja y aplacar por fin este incendio genético; pero lo cierto es que Bunny Junior no tiene dónde ir y los reinos prometidos cada vez andan peor.

Se está agotando el combustible, engullido por una carretera que sólo pidió ayuda un segundo antes de precipitarse al absurdo. Ya no quedan atracciones que descubrir ni botellines que apurar; todo parece tan perdido que el pequeño Bunny Junior sólo ve luz en los ojos de la mantis macho después de su último polvo triunfal, justo antes de perder su estúpida cabeza. Piensa que al menos respiró esos instantes de patético orgullo; le envidia.

Y quiere a su padre porque es el único que no ha muerto, porque su padre es un bastardo inmortal. Se pasea con sus pantalones por los tobillos, enseñando quién es el jefe a cuantas damas quieran mirar, arrastrándose como un insecto de dimensiones imposibles que transita de cama en cama; sulfatos cósmicos y maridos ausentes. Y todo huele a cansado, como pequeños cristales vomitados hacia el interior de un coche conducido por pilotos averiados.

Quizás sea hora de volver a clase; quizás el tiempo de las aventuras ha expirado sin llegar a ningún sitio, sin la templada brisa de los finales felices. Nadie puede sobrevivir respirando en círculos porque el aire viciado te apuñala el pecho. Tarde o temprano llegan las lluvias y siempre se queda abierta una ventana en el piso de arriba.

La policía rubia se inclina sobre el chico y deja ver sus pechos de placa numerada. Demasiado pronto para no cambiar las cosas. Todo ha pasado y el sol calienta tanto que es imposible ignorarlo; alza la vista contra él y sabe que esta vez sólo están sus pequeñas manos apretadas contra un mundo demasiado grande.

“Oh, papi”. Se incorpora, consigue enfocar los estruendos que huyen por el desagüe de la tragedia y, como si fuera el torpe golpe de aire de una bofetada que no alcanza su destino, le invade la implacable certeza de que acaba de convertirse en un adulto. Fue así como llegó la muerte de Bunny Munro.


Son sólo los restos de la tormenta que se quedaron a vivir conmigo después de bucear en ese injusto mundo de perdedores que merodean La muerte de Bunny Munro, segunda novela de Nick Cave. Gracias por seguir ahí, Nick.

The Ship Song



De su reciente concierto en Barcelona. Un Baby, You Turn me On dedicado.



Otra más. Tan cerca. Into my arms



En el infierno, sólo se escucha blues.
Dig Lazarus Dig.

14 de agosto de 2009

Trazos incómodos

Es curioso cómo puedes llegar a identificarte con el reverso del espejo. Carlos Boyero escribe en periódicos y sabe de cine; desconozco si esos detalles lo convierten en periodista o en crítico de cine, pero tampoco me importa demasiado. Las etiquetas son esas cosas incómodas que nunca consigues enganchar rectas.

La provocación es un pasillo con escasa luz; no sabes si vale la pena recorrerlo porque casi siempre te regala un golpe inesperado. Pero si quieres llegar a las escaleras que conducen al piso de arriba, ése es el único camino. Es incómoda porque no suele ser complaciente; es feroz porque busca, por encima de todo, despertar a gente que hubiera preferido seguir dormida. Quizás no sea justo, pero no puede negarse que resulta tremendamente divertido.

Carlos Boyero es incómodo porque provoca. Puedes andar más o menos cerca de sus opiniones (a mí me resulta extraña su pasión por el fútbol, tampoco comparto la opinión que tiene sobre la mitad de películas que comenta –me resulta mucho más cercano en intereses Quim Casas, por ejemplo-) pero me inquieta su manera de acercarse a las cosas. Me resulta tierno, emotivo, entregado y, sobre todo, extrañamente sincero; delicadamente libre, definitivamente feroz.

Es un excelente escritor; pertenece a esa especie bastarda de periodistas que decidieron escribir. Incisivo, nada complaciente. Emocionante, luchador, íntegro. Es un escenario de paradoja bien ensamblada que me recuerda que disfrutar con lo que haces puede transmitirse a quien comete el error de fijarse en ti.

Recomendaría las divertidas conversaciones que mantiene con los lectores de El País cada jueves. Algunas de sus respuestas esconden verdaderos festivales de poesía; otras, destilan una mala leche tan sana como reivindicable; pero siempre da la sensación de no dejar de ser él (quizás sea impostura, pero bendita impostura).

Escribe regularmente en el citado periódico y sus columnas suelen ser inmersiones en aguas que sólo pruebas cuando estás junto a él, de forma parecida a lo que ocurre con el gran Juan José Millás y sus universos paralelos sin rima aparente.

Me divierte esa pinta que tiene de intratable; las descomunales broncas se montan con aquellos que no están acostumbrados al trato no complaciente (que le pregunten a Almodóvar). Se exige que la crítica cinematográfica siga unos criterios impolutos, crípticos, sesudos y, por supuesto, infalibles. Desde luego, no se reclama lo mismo a otras prácticas periodísticas.

Una crítica no deja ser un artículo de aproximación, una editorial sobre algo que ha sucedido y se ha instalado en la mente de quien escribe. Como opinión, puede resultar favorable, negativa, constructiva, ambigua; incluso puede resultar atroz o amenazadora. Pero yo siempre le pido dos favores; que resulte divertida y que esté bien escrita. Eso es algo que Boyero sabe hacer muy bien.

Es tremendamente divertido bucear por la red y ver las opiniones desatadas y controvertidas que genera el personaje. Supongo que continúa resultando extraño aceptar que alguien diga lo que piensa en todo momento; es evidente que Boyero lo acompaña con un sarcasmo y una sonrisa vitriólica que no tienen por qué ser bienvenidos, pero nunca amanece al gusto de todos; eso y que sólo hay una cosa mejor que una buena historia, una sonrisa.

Este señor consigue hacerme sonreír, sobre todo cuando no estoy de acuerdo con él. Me gustaría poder provocar la mitad de eso en la gente, aunque sé que algo así está reservado a quien ha aprendido a no tomarse demasiado en serio a sí mismo y yo, simplemente, soy demasiado ingenuo para llegar ahí. Seguiré aquí, sentado, admirando cómo se hacen las cosas, cuando decides hacerlas bien.

Un par de ejemplos de las entrevistas que os comentaba (están todas archivadas y pueden consultarse). No comparto todas sus opiniones, pero siempre me divierte cómo las arroja.

http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?id=5398


http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?id=5373


Sí, la música respira placer.


http://www.elpais.com/articulo/arte/Reediciones/belleza/elpepuculbab/20090418elpbabart_7/Tes


Atención a los cuatro últimos párrafos; me gustaría saber explicar lo que me hace sentir Tom Waits; en ocasiones es mejor dejarse quemar por el volcán


http://www.elpais.com/articulo/cultura/elegia/volcan/Tom/Waits/elpepicul/20080711elpepicul_3/Tes

28 de abril de 2009

Autopsia de un futuro que nació enfermo

Ha fallecido J.G. Ballard, poeta incómodo de los submundos que no aprendieron a nacer. Sabía hacía tiempo que no le quedaba demasiado y, dentro de esa paradoja exhibicionista del desahucio prometido, se sentó e hizo lo que siempre había hecho: mirar hacia el planeta con la tensión irónica que conceden las tragedias ridículas.

Con ayuda de su médico, había estado elaborando material literario diseccionando su propia muerte; tomó un proceso que era irreversible y se mofó de él. Abriéndolo, inspeccionándolo, experimentando. Ballard volvió a ser Ballard y venció a su propia muerte mirándole directamente a los ojos y lanzando contra ella una batalla que el escritor había ganado de antemano. Ha muerto, sí, pero se ha llevado la mejor de las victorias al no agachar la cabeza; eso y un mechón de pelos de su contrincante entre los dientes como merecido trofeo. Se oye decir que a la muerte todavía le tiemblan las rodillas por el dolor.

El gran maestro de la distopía (utopía preñada de los peores augurios) construyó una obra coherente, comprometida con unas obsesiones que, más que válvulas de escape para desatascar algún trauma personal, fueron un informe de tintes clínicos de cuanto estaba por llegar a un mundo herido que veía cómo los cambios se movían más rápido que su habilidad para entenderlos.

Sus historias, sus personajes, eran espectadores de unas realidades que sólo eran posibles cuando se llegaban a comprender; disfrutadas o sufridas. Comunidades que se movían al margen de lo socialmente aceptable merodeaban por cuentos enfermos de libertad. En ese sentido, quizás Crash fue su obra definitiva.

Crónica orgánica de la colisión entre el futuro y la carne. Un grupo de gente se enfrenta a unas reglas que envejecieron hace siglos. Viven en el convencimiento de que sólo a través de los accidentes de coche puede expresarse una sexualidad que ya llega tarde en la búsqueda de nuevos horizontes.

El choque entre dos automóviles se convierte en metáfora explosiva del sexo completo. La violencia y el silencio. Se reúnen para representar accidentes famosos. Como orgías exhibicionistas orquestadas de antemano, un grupo mira cómo alguien expone su vida en busca de placer. El estruendo, la rotura, la confusión; el breve momento en que se desconocen las consecuencias de cuanto acaba de suceder.

Una suerte de combinación exuberante de sangre, fluidos, parabrisas desplomados hacia adentro y motores que revientan para morder. ¿Enfermizo? Desde luego; pero también la muestra de un futuro que llevaba tanto tiempo dormido que cuando nació, ya estaba a punto de morir. Siempre vi esta historia como un grito desesperado a la necesidad de las revoluciones; si éstas no se producen, acaban explotando ante nuestras narices, como accidentes inesperados.

David Cronemberg, otro tremendo poeta de la carne y el metal, adaptó el universo de Crash a la pantalla en 1996. Los resultados resultaron cuanto menos curiosos. El director encaminó la historia hacia sus propios intereses, creando una obra más fría, pero igualmente alucinada en su planteamiento. El gran profeta de la carne descubrió un mundo de hierro helado que procedía del fuego, amasijos de metal que pedían su rincón en la cama. Desde allí te miran con el deseo de quien se dispone a hacerte daño. La película fue un sonado escándalo; recuerdo cómo la gente abandonaba la sala; todavía hoy tengo la duda de si lo hacían por asco o por miedo a sí mismos.

Suele ocurrir con aquellos que nacieron dispuestos a hundir el dedo en la llaga. Ballard fue acusado de todo lo que se puede ser acusado. Desde fascista hasta terrorista; libertario, provocador vacío, inconsciente, peligroso, ateo, integrista, pesimista. En definitiva, ésa siempre fue su gran virtud, no atender a los nombres.

Quienes le conocieron, avisaban que se trataba de una persona tremendamente amable, calmada, muy educada y atenta; la paradoja final: él no era el lobo, sólo un cordero que nos enseñaba lo hambrientos que estábamos los demás.

Un homenaje

26 de noviembre de 2007

2666 - Roberto Bolaño

2666 me ha poseido en silencio. Se supone que el vampiro sólo puede acercarse a ti si le abres la puerta una primera vez; es como un gesto romántico, y suicida, de reconocimiento a la seducción del monstruo. Bolaño ha entrado sin que le abriera la puerta.

Coincidió una época en que varias personas muy cercanas estaban leyendo 2666, obra póstuma de Roberto Bolaño; compartían conmigo su experiencia, incluso llegaron a leerme pasajes enteros justo antes de dormir. Así, entre pedazos de sueños, construí mi propia y personal 2666, que quizás no tuviera nada que ver con la obra en sí misma. Tuve la sensación de escribir una nueva historia en mi mente; de algún modo, me sentí como un traidor a algo que no conocía.

El fin de semana pasado acudí al Teatre Lliure de Barcelona, a ver una de las últimas representaciones que se están haciendo de la adaptación de 2666 dirigida por Àlex Rigola. Se trata de uno de los montajes más descomunales y absorventes que recuerdo en años, quizás demasiados años; un esfuerzo titánico de adaptar un entramado tan complejo de temas, historias y personajes que hacía preveer un fracaso antes incluso de intentarse.

Para nada. La adaptación es soberbia; hipnotiza en sus cinco horas de duración y se convierte desde ya mismo en la obra más impresionante que el que escribe haya visto nunca en un teatro. Entre todos los momentos, muchos se quedarán ahí para siempre, pero la escenificación de los crímenes de Santa Teresa (la traslación novelada de Ciudad Juárez) está más allá de cualquier descripción.

Ahí están los llantos y gritos de una Alba Pujol escalofriante, desnuda, abandonada en el escenario mientras interpreta una brutal violación sin agresores, en el fondo una pantalla nos escupía el testimonio real con las reseñas de las víctimas de los crímenes que todavía están sucediendo en la actualidad. Ver aquel cuerpo en el escenario solo, aullando de dolor, la ausencia física del violador y aquellos nombres desfilando por la pantalla, me hicieron sentir como si toda la audiencia fuéramos cómplices de lo que estaba sucediendo. No había mejor manera de clavar el dolor; ni de hacerlo sentir.

Y llevo dos días sin poder pensar en otra cosa porque he descubierto que los sueños no están ahí porque sí. De una extraña manera, esa obra ha crecido en mi interior sin haberla leído, y la siento tan cercana, tan mía, que creo que existía antes de que se escribiera, esperándonos a todos.

No sé si debería abrir definitivamente la puerta y dejar que las cosas siguieran su ritmo; leer la novela y descubrir lo que ya sé, lo que ya he sentido. O si sencillamente debería aceptar que la bestia no ha avisado esta vez porque siempre había vivido en casa. Estoy en ello.