
22 de junio de 2010
Hasta pronto, José

26 de mayo de 2010
Lo que pasó, pasó
Y acabó. El día 23 de Mayo finalizó una de las apuestas más arriesgadas, complejas y, por qué no decirlo, delirantes que ha dado la televisión. Lost llegó a su último minuto, y en ese preciso instante se dispararon las teclas más afiladas a decapitar con saña el descomunal atrevimiento de sus creadores. Vivimos en un mundo donde todavía es inaceptable la libertad artística, sobre todo si ésta viene reñida con los prejuicios que dictan nuestras preferencias.Es posible que algunas de las tramas de la serie no llevaran a ningún sitio, como es innegable que algunos de sus personajes no acabaron aportando demasiado al desarrollo de la historia. También parece evidente que la coherencia aplastante de la serie en sus intenciones ha hecho muy difícil mantener la atención siempre al mismo nivel. Pero, dicho esto, estamos muy probablemente ante el producto más ambicioso, revolucionario y entretenido que nunca se ha estrenado en televisión.
Lo más interesante de Lost siempre ha sido esa inquebrantable vinculación con la literatura como motor narrativo; ese deseo manifiesto de alejarse de los modelos preestablecidos para adentrarse en un terreno inexplorado donde los espectadores eran constantemente retados con una historia que siempre avanzaba sobre sí misma, extendiendo su lógica contra unos personajes sin salida, unos locos de cristal que descubren demasiado tarde que quedaba tiempo para la lucha. Y son esos personajes el centro neurálgico de un sistema que nunca ha traicionado la lógica del relato.
Nunca antes una obra había sido sometida a un análisis tan exhaustivo, en ocasiones rayando la obsesión enfermiza, por parte de un público exigente como pocos, tan preocupado por encontrar respuestas como ignorante ante la belleza de las preguntas. Resulta estremecedor pensar en el reto de afrontar ese último capítulo, sabiendo de antemano que el resultado iba a ser objeto de millones de opiniones adversas, inevitablemente insatisfechas; porque esa es la primera verdad, y éxito, de la serie, haber creado un pequeño universo perdido en cada una de las mentes de los televidentes.Ante esa expectación excesiva e inevitablemente injusta, los creadores han optado por el más difícil todavía; han decidido mantener vivo el misterio explicándolo todo. Ha sido tremendamente divertido observar cómo las tremendas opiniones negativas que primero aparecieron han ido mutando silenciosamente en algo muy distinto, hasta convertirse en una admiración desatada por un ejercicio narrativo digno de los mejores escritores. La ficción en televisión se ha hecho mayor y reclama atención.
Porque han sido seis años de secretos que sólo lo eran porque no podían ser desvelados; emociones contenidas en frascos de material radioactivo; mensajes al servicio del esfuerzo del espectador; retos elevados al malabarismo (ese final de la tercera temporada); protagonistas que compartían contigo la necesidad de no volver a equivocarse. Y todo ello envuelto en un embalaje de máxima diversión, perfecto acabado (impresionante banda sonora de Michael Giacchino) y descaro argumental.
El gran acierto de la historia ha sido jugar con elementos que nos resultan esenciales para construir cualquier comprensión; el tiempo, el espacio, la vida, la muerte. Todo ha dejado de tener valor en este cóctel caprichoso que llevaba mucho más alcohol del previsto. Cuando quisimos empezar saborear la bebida ya estábamos mareados, en sus manos.
Y en el fresco hay trazos de la mejor literatura (qué hubiera ocurrido sin Stephen King, Joseph Conrad o Philip K.Dik); mitología histórica y religiosa; alardes de coherencia argumental al alcance de muy pocos. Y la sensación de engaño siempre ha ido de la mano de una evidencia admiración por la apabullante lógica del resultado.La colisión con el final ha sido un estruendo y la razón principal ha sido la falta de respuestas; pero estoy convencido que precisamente esa era la única opción válida. ¿Realmente alguien esperaba un listado desatascando enigmas? Todos los secretos de la isla estaban en el interior de quien miraba. La comodidad siempre es una compañía poco agradecida.
Precisamente ahí reaparecen las dudas que siempre me ha generado Lost; ¿realmente se trata de una obra de autoría única? En ocasiones, he tenido la sensación de que su universo se ha construido tanto en la mente de sus creadores como en la de los espectadores que, con su vehemente dedicación, colaboraban a la creación de la mitología de la serie, en la construcción de ese juego de espejos infinito que iba lanzando mensajes que siempre se correspondían con su némesis narrativa. Pasado y presente; luz y oscuridad; ciencia y religión; escritor y lector.
Y en esa jaula de reflejos es donde realmente Lost alcanza su dimensión real porque, asumiendo que resultaba imposible saber quién miraba qué en todo momento, los guionistas decidieron tomar el control y esculpir un final tan atrevido como gozosamente cuestionable.
La situación me recuerda mucho a la vivida en su momento con Twin Peaks; después de una suerte de derivaciones más o menos descontroladas, que poco aportaban al estupendo arranque de la serie, David Lynch retomó la dirección del embrollo en el último capítulo y ejecutó un golpe de timón que dejó helada a una audiencia que se había acostumbrado a otro discurso, muy lejos del alucinógeno y tremendo rostro del Agente Cooper descubriéndose transformado, sudando ante su destino poseído. Un grandioso final para una serie que acabó hipotecando su misterio por el público. Pero los tiempos han cambiado.
No dudo que cada uno tendrá su opinión acerca del final de Lost y seguramente muchos habríamos limado algunos momentos (esa imaginería religiosa), pero resulta innegable la valentía con la que nos han lanzado al vacío durante estos años, creando una ficción que está llamada a cambiar las reglas de un juego que parecía muerto.
Y ahora nos quedamos algo huérfanos. Sin esos personajes en búsqueda de una redención que transita entre la ambición inhumana de la ciencia y el integrismo homicida de cualquier credo. Sólo ese trozo de tierra perdido en ningún sitio consigue dar un sentido a su existencia. Hemos tenido muerte y drama; ausencias y reencuentros; amor y descubrimiento; errores fatales y sacrificios inútiles. Pero sobre todo y ante todo, hemos tenido Aventura. Porque ese creo que es el mensaje final de Lost; todas esas personas perdidas, encalladas en ningún sitio, pasaron juntos los mejores momentos de sus vidas; los únicos recuerdos que llegaron a valer alguna vez la pena.Quizás, la mejor banda sonora nunca compuesta para una serie de television.
22 de febrero de 2010
Cuando dejemos de ser buenos
Pienso en The Road y algo se despliega contra la ilusión de lo que damos por seguro. Son unas alas grises que te acercan un aire templado cuando baten, algo que se mueve en una habitación preñada de sombras. Y tú eres como una luz que nunca va a recuperar el sol de una mañana a medio despertar, incapaz de apartarse el sueño de encima, que se estira pero no consigue desperezarse; los músculos se tensan, las articulaciones intentan recordar por qué están ahí, el cuello gira como el trono bastardo de unos ojos que nacieron para respirar bajo el agua pero que nunca entenderán la oscuridad. Y cuando quieres incorporarte, te percatas de que el menú del día anterior estaba en mal estado. Que algo ha ocurrido en el mundo mientras dormías.Y con aquel aire amable acude el helado gesto de un planeta que se ha venido abajo; sólo quedan unas praderas sin árboles habitadas por seres que están mudando de piel, que están imaginando nuevos nombres que consigan hacerles justicia. Vagan en busca de lo que nunca había faltado. Tienen hambre. Y tú sólo puedes huir. ¿Papá, seguimos siendo los buenos?
Porque de eso se trata; de mantener la cordura, ese hilo escaso que nos trae el café caliente cada mañana. Dos fugitivos toman la carretera, una ruta que se extiende sobre los círculos de lo inevitable. No quedan dioses; ahora ya sabemos que nunca los hubo. Que todo estaba en nuestras manos y sólo nos queda echar de menos los tiempos por los que valía la pena luchar.Y esos dos profetas de un pasado incompleto avanzan hacia ningún sitio, en el reino de la nada. La felicidad es un sótano lleno de latas, una vela que ilumina el espacio eterno entre dos seres que todavía se quieren. Esos instantes que mantienen viva la sensación de que no está todo perdido. Sólo necesitan comer y seguir su destino imposible hacia un sur que no les ha prometido nada pero que es todo a cuanto pueden aspirar.
El cielo es acero que nos anestesia ante el origen del cambio, contra aquellos primeros instantes de una nueva era que ya no busca comprensión. Los colores ya no tienen sentido. A los nacidos en este nuevo mundo les han dejado de importar los motivos; sólo saben lo que tienen que hacer. El camino se reduce a una única intención; avanzas para negar la extinción de tus semejantes. En algún lugar debe quedar un niño con quien volver a jugar, un padre con fuerza para seguir adelante. En algún lugar debe quedar alguien que no se haya transformado.
Porque la especie entera se encuentra en tránsito hacia algo imposible; la gente anónima que solías cruzarte por la calle son ahora muertos vivientes que vagan por la carretera, mutaciones de una conciencia colectiva que quizás ya estuviera loca antes de desaparecer; buscan su alimento en tus restos, como el primer mundo devoró al tercero antes de que todo cambiara. Sumidos en una salvaje metáfora sobre los misterios del capitalismo feroz y la fuerza como única redención posible, todo cuanto puedes hacer es abrazarte al equipaje que todavía no has perdido y arrastrarte sin hacer demasiado ruido, soñando con un mundo sin depredadores.
Y dos balas juegan a rimar con el destino; esos dos disparos son el recuerdo de una madre que supo que la lucha llegaba tarde. La traición se viste de aviso y la rendición es cordura. No puedes quitarte la vida cuando lo que significas ya no vive.
The Road ya era enorme en papel. Cormac McCarthy escribió en 2004 una obra maestra que se ha instalado para siempre en la historia de la literatura contemporánea. Seca, audaz, concisa en la descripción de lo inexplicable. Inabarcable en su profundidad, The Road me ha enseñado que quizás no queden historias por contar pero si formas de hacerlo.Ahora John Hillcoat se arriesga con lo intocable y adapta el texto de McCarthy con una fidelidad honesta, sin pretender vestir lo que debía permanecer desnudo. Con el apoyo inestimable del gran Javier Aguirresarobe, que regala un trabajo de fotografía que deja sin aliento, el director hace lo necesario con una historia que ya era todo lo que podía ser.
Y en esta potente adaptación, destaca especialmente el trabajo de unos intérpretes que se convierten en papel helado; desde un Viggo Mortensen en entrega absoluta hasta un Robert Duvall que muestra cómo unos gestos cansados ante el fuego pueden dibujar un estado de ánimo que ya no necesita expresarse. Pero, entre todos ellos, es Kodi Smit-McPhee quien consigue que mi corazón se parta en dos; espeluznante la interpretación de ese niño que consigue trasladar la desolación de un ser perdido que sólo ha aprendido a no resignarse. Nunca había visto llorar a alguien de esa manera en una pantalla; ese llanto se alza como un grito de ayuda a quien todavía puede cambiar las cosas. Y el espectador se encoge y desvía la mirada.
No es fácil entrar en esta habitación, una suerte de caminos cruzados donde estalla el choque entre todos los principios y sus finales, pero estamos ante una obra que es mucho más que un aviso. Es un frio espejo sin marco que arroja la certeza de lo innegable, justo antes de romperse y reclamar nuestra atención. Preferimos no pensar en ello, pero todos esos cristales en el suelo son pedazos de conciencia que nos avisan de lo que poco que tardaríamos en dejar de ser buenos. Carne y necesidad.13 de diciembre de 2009
Bunny
Bunny Munro está muerto de frío. Es el último de una especie que nació para ser derrotada. Un miserable de peinado imposible y aliento de alcohol cuajado. Bunny es un loco follador roto por dentro, la sombra de habitaciones vestidas con papel que huye hacia el cielo. Es un lamento incómodo rodeado por sexos de labios tensados a punto de morder. A Bunny le encanta Avril Lavigne y es el único cabrón que entiende qué está pidiendo Kiley Minogue en Spinning Around. Minúsculos pantalones dorados con botones y promesas a punto de explotar. Son una familia caníbal en vísperas de la cena de navidad, con todas las invitaciones pendientes de un hilo. Ese niño debería tener unas tijeras para despedazar a la bruja y aplacar por fin este incendio genético; pero lo cierto es que Bunny Junior no tiene dónde ir y los reinos prometidos cada vez andan peor.
Son sólo los restos de la tormenta que se quedaron a vivir conmigo después de bucear en ese injusto mundo de perdedores que merodean La muerte de Bunny Munro, segunda novela de Nick Cave. Gracias por seguir ahí, Nick.
The Ship Song
De su reciente concierto en Barcelona. Un Baby, You Turn me On dedicado.
Otra más. Tan cerca. Into my arms
En el infierno, sólo se escucha blues. Dig Lazarus Dig.
14 de agosto de 2009
Trazos incómodos
Es curioso cómo puedes llegar a identificarte con el reverso del espejo. Carlos Boyero escribe en periódicos y sabe de cine; desconozco si esos detalles lo convierten en periodista o en crítico de cine, pero tampoco me importa demasiado. Las etiquetas son esas cosas incómodas que nunca consigues enganchar rectas.
http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?id=5373
Sí, la música respira placer.
http://www.elpais.com/articulo/arte/Reediciones/belleza/elpepuculbab/20090418elpbabart_7/Tes
Atención a los cuatro últimos párrafos; me gustaría saber explicar lo que me hace sentir Tom Waits; en ocasiones es mejor dejarse quemar por el volcán
http://www.elpais.com/articulo/cultura/elegia/volcan/Tom/Waits/elpepicul/20080711elpepicul_3/Tes
28 de abril de 2009
Autopsia de un futuro que nació enfermo
Ha fallecido J.G. Ballard, poeta incómodo de los submundos que no aprendieron a nacer. Sabía hacía tiempo que no le quedaba demasiado y, dentro de esa paradoja exhibicionista del desahucio prometido, se sentó e hizo lo que siempre había hecho: mirar hacia el planeta con la tensión irónica que conceden las tragedias ridículas. Un homenaje
26 de noviembre de 2007
2666 - Roberto Bolaño
Coincidió una época en que varias personas muy cercanas estaban leyendo 2666, obra póstuma de Roberto Bolaño; compartían conmigo su experiencia, incluso llegaron a leerme pasajes enteros justo antes de dormir. Así, entre pedazos de sueños, construí mi propia y personal 2666, que quizás no tuviera nada que ver con la obra en sí misma. Tuve la sensación de escribir una nueva historia en mi mente; de algún modo, me sentí como un traidor a algo que no conocía.
El fin de semana pasado acudí al Teatre Lliure de Barcelona, a ver una de las últimas representaciones que se están haciendo de la adaptación de 2666 dirigida por Àlex Rigola. Se trata de uno de los montajes más descomunales y absorventes que recuerdo en años, quizás demasiados años; un esfuerzo titánico de adaptar un entramado tan complejo de temas, historias y personajes que hacía preveer un fracaso antes incluso de intentarse.
Para nada. La adaptación es soberbia; hipnotiza en sus cinco horas de duración y se convierte desde ya mismo en la obra más impresionante que el que escribe haya visto nunca en un teatro. Entre todos los momentos, muchos se quedarán ahí para siempre, pero la escenificación de los crímenes de Santa Teresa (la traslación novelada de Ciudad Juárez) está más allá de cualquier descripción.
Ahí están los llantos y gritos de una Alba Pujol escalofriante, desnuda, abandonada en el escenario mientras interpreta una brutal violación sin agresores, en el fondo una pantalla nos escupía el testimonio real con las reseñas de las víctimas de los crímenes que todavía están sucediendo en la actualidad. Ver aquel cuerpo en el escenario solo, aullando de dolor, la ausencia física del violador y aquellos nombres desfilando por la pantalla, me hicieron sentir como si toda la audiencia fuéramos cómplices de lo que estaba sucediendo. No había mejor manera de clavar el dolor; ni de hacerlo sentir.
Y llevo dos días sin poder pensar en otra cosa porque he descubierto que los sueños no están ahí porque sí. De una extraña manera, esa obra ha crecido en mi interior sin haberla leído, y la siento tan cercana, tan mía, que creo que existía antes de que se escribiera, esperándonos a todos.
No sé si debería abrir definitivamente la puerta y dejar que las cosas siguieran su ritmo; leer la novela y descubrir lo que ya sé, lo que ya he sentido. O si sencillamente debería aceptar que la bestia no ha avisado esta vez porque siempre había vivido en casa. Estoy en ello.
