Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas

27 de noviembre de 2012

La nostalgia del monstruo

Si un día decidiéramos olvidar lo que todavía no podemos recordar, se esfumaría también el camino de vuelta a casa, porque los caminos, y la casas, sólo lo son cuando que han sucedido; y ocurrieron porque el tiempo necesitó en algún momento que estuvieran allí, para explicar un millón de casualidades, ocurrencias habladas en idiomas imposibles, historias que no necesitan tenernos en cuenta.

Nos gusta soñar que somos mundos a punto de suceder pero sólo somos fruto del azar. Somos lo que el viento decide no olvidar.

Resulta fascinante pensar en todo este desajuste de relojes locos. El destino nunca existió; un brillante ausente, infectado por la misma broma cósmica que las religiones, fallecido mientras intentaba volver a explicarse.

Y nos asombramos cuando los posos del café no devuelven nada, pero sólo merece estar escrito lo que puede borrarse. Y allí, huérfanos de dioses y argumentos, nos preguntamos qué va a ser de nosotros, como si de golpe hubiéramos dejado de contar; pero no es así. Quizás seamos culpables de todo, pero también los únicos héroes que quedan con vida.

Precisamente en estos pantanos habita Looper, virguería plagada por aquellos héroes devorados por el tiempo, arrojados contra un pasado que todavía no ha sucedido. Los loopers ejecutan a gente enviada desde un futuro donde el asesinato ha sido prohibido. Se trata de una profesión salvaje en un mundo que no lo es menos, pero todo tiene su retorno.

Estos asesinos a suelo tienen una fecha de caducidad que no significa su muerte, sino la constancia de que llegará un final ya aceptado. Cuando llega el momento, ellos mismos son enviados desde el futuro para que su propio “yo” más joven acabe con su vida, cerrando el ciclo de un encargo sin trampas.

Joe, encarnado por Bruce Willis, es uno de esos loopers; vuelve al presente con la intención de cambiar un futuro que se niega a aceptar. La relación entre este enviado desesperado y su joven némesis asesina, interpretada por Joseph Gordon-Levitt , ocupa la primera parte de la película y contiene algunos de los mejores momentos del cine fantástico de los últimos años.

Pero lo realmente interesante sucede cuando la trama gira totalmente sus intenciones, reduce su ritmo y se centra en la triste historia de un niño llamado a ser algo que supera lo imaginable y que concentra la ira del personaje de Willis, convencido de que, matando a esa extraña exageración del sistema, cambiará cuanto tiene que suceder.

Inconscientes de la tragedia de su propio futuro, los dos Joe se enfrentan por la vida de ese niño, apareciendo de nuevo el conflicto entre dos tiempos, entre dos formas de vida que nunca llegarán a entenderse; y así se cierra el último círculo en una película construida sobre intensas idas y venidas alrededor de la idea de evitar lo que no quiere ser cambiado.

Rian Johnson consigue crear una obra mucho más profunda de lo que aparenta, jugando con lugares comunes de la ciencia ficción pero construyendo una reflexión ejemplar sobre nuestra influencia en el nacimiento de los monstruos. Aconsejable como pieza de entretenimiento perfecta, pero imprescindible por su necesidad de ser diferente.


18 de agosto de 2012

Lo que no te esperas

El truco debe mantenerse al margen, amagado en la selva de los significados. La magia sólo tiene sentido si huye de los nombres. Por eso los mejores momentos siempre se parecen a un seductor cargado de sorpresas, un amante imprevisible que agota tus sueños noche tras noche, con miles de combinaciones imposibles que clausuran la sonrisa de tu gesto y te congelan en una espera nerviosa que espera un beso, una caricia que siempre estalla en el rincón menos esperado.

A veces te preguntas qué esperas de la vida y piensas que descubrirlo te solucionará algo diferente a un acertijo sin salida. Yo ya me he dejado de hacer preguntas, por si acaso. Hoy por hoy, sólo hay una cosa que realmente me despega del letargo, es lo inesperado, la provocación de los instantes no planeados sigue manteniéndome alerta, intrigado, hambriento.  Y necesitas comer para seguir con vida.

Porque la brillantez de los que te rodean es combustible de tus propias ilusiones, una razón para renovar las ganas de sonreír. Aunque no te pertenezca,  estar cerca de la genialidad te hace sentir alguien querido por las circunstancias que te han tocado vivir. Estás vivo porque estás aquí y ahora.

En la cultura, esa facultad de provocación siempre es motivo de alegría; cada vez estoy más seguro de que lo extraño, la sorpresa, incluso a veces lo inaceptable o lo incomprensible, componen la melodía del mejor arte, aquel que perdurará en la memoria y que no deja de transformarse en algo diferente cuando vuelves a él. Supongo que, después de todo, ese es el motivo final que sostiene las mejores obras, la seguridad de que puedes volver a casa cuando quieras, pero que lo que encontrarás nada tiene que ver con lo que dejaste, aunque, de un modo casi mágico, volverá a ser tu hogar.

Todo esto me sucede con músicos, escritores, cineastas y demás acróbatas de la creación inestable, gente que nunca conocerás pero que te han convertido en lo que eres; gente a quien se lo debes todo. 

Me sucede con Quentin Tarantino porque traspasa los límites de la demencia artística, disfruta provocando, parece sólo someterse a su voluntad y, muy probablemente, esté absolutamente loco. Es alguien a quien quieres tener cerca, por lo que pueda pasar.

Dueño de una filmografía admirable, donde la libertad campa a sus anchas y la iconografía, más que un detalle, es el motivo mismo de su apuesta, Tarantino siempre ha sido reconocido como un buen guionista y un excelente escritor de diálogos; es cierto, pero no lo es menos que estamos ante un director superlativo, un creador que mantiene vivo el descontrol de un niño que acaba de descubrir un juguete prohibido; actúa como si el cine fuera algo nuevo, un disfraz de mil capas a medio usar. Incluso en sus peores momentos, que también los tiene, da la sensación de hacer lo que la da la gana.

Acusado de violento, de superficial, de excesivamente auto-referencial… todo eso es cieto, pero llevando al extremo todos esos elementos ha conseguido que estemos hablando de uno de esos pocos autores que dictan el futuro de una forma personal, fuera de las normas.  Lo único que lo aleja de ser un maldito objeto de culto es que, además, le acompaña el éxito.

Uno de los muchos detalles que delatan que has ingresado en el universo Tarantino es el uso arrollador que hace de la música; exprime el concepto de banda sonora para crear un rompecabezas que parece existir sólo en la mente de los personajes, como si las canciones que desfilan por sus películas compusieran la música que esos pobres diablos necesitarían escuchar en un preciso momento; porque esos intantes son más importantes por lo que significan para esos personajes que por lo que puedan impactar al espectador. Ese es el acierto.


Resulta difícil escoger alguna de sus películas porque todas esconden  momentos sublimes, estallidos de genio que significan más que otras películas completas. Es un romántico que se muestra mucho más orgulloso del camino que de la victoria final.

Pienso en el impacto que me generó Pulp Fiction y en cómo he vuelto sobre ella muchas veces y sólo hace que crecer. Recuerdo la descarga de adrenalina que supuso Rerervoir Dogs (no lo olvidemos, su primera película) o la tensión inhumana de la secuencia inicial de Inglorious Bastards.

Pura devoción en forma de regalo es lo que le entregó a Uma Thurman con Kill Bill, desacomplejada epopeya pop, festín imposible de imágenes donde la historia cuenta poco, pero los personajes crecen cada vez que pronuncian una palabra.

Porque ése es el truco final de Tarantino, sus juguetes. Arranca interpretaciones increíbles a actores que no lo son tanto (John Travolta, Bruce Willis, Michael Madsen  la propia Uma Thurman), y lo hace a fuerza de inteligencia salvaje en el diseño de personajes, esculpidos a fuego sobre diálogos chocantes, pero coherentes hasta la enfermedad.

Para Tarantino no existen los personajes secundarios, todos ellos se adueñan de las circunstancias de la película en algún momento, capaces de cambiar nuestras expectativas con una mirada o un gesto afilado. Precisamente su obra más prescindible, Death Proof, lo es porque el director decide no enamorarse de sus criaturas.

Quizás sus películas no sean perfectas, quizás por eso sean tan grandes. Sea como sea, una cosa está clara, gente como Tarantino, siempre queda un motivo para tomarse una copa más, algo de lo que hablar o un último beso de que dar. La poesía que se esconde detrás de lo inesperado es el brillo de unos ojos que no piensan cerrarse. Por si acaso, sólo por si acaso.


Dos homenajes:




Y le trailer de su próxima película, Django Unchained; prometiendo otra descarga para el recuerdo:


6 de abril de 2012

Shame

La soledad es un latido que sólo te golpea cuando dejas de correr. El dolor en tus piernas desaparece de inmediato y es tu corazón quien está gritando, suplicándote que te detengas, exhausto bajo la respiración de una huida hacia ningún sitio, desde ti mismo. La soledad es un latido; es sangre, es verdad y el instante en el que descubres lo poco que nos separa de no querer nada a necesitarlo todo; lo difícil que es pedir ayuda cuando sabes que nada puede ayudarte. La soledad es un par de ojos apresados por unos párpados a los que no les queda nada por descubrir. La soledad es algo imposible de compartir.

Me resulta doloroso hablar de Shame, de Steve McQueen, porque es soledad. Pero las palabras son como tu destino, ambos los esculpes a dentelladas. Shame nos muestra personajes que no pueden dejar de correr porque saben que el primer latido que escuchen les matará. Son gente que sobrevive al margen de lo aceptable, despedidos de esa jaula que hemos tenido a bien llamar sociedad.

Brandon es un adicto al sexo que huye de la satisfacción mientras corre tras ella, como el arquitecto de un laberinto perdido en el interior de su propia amenaza. Asistimos a cómo su vida se consume por la falta de aliento; actúa como el monstruo que ha olvidado por qué empezó a esconderse de los demás, mientras esos demás le señalamos, asesinando una diferencia que desespera ante nuestros ojos mientras abandona cualquier intención de pedir apoyo.

Porque eso es lo que convierte Shame en una obra importante; demuestra que la moral es una opinión que no sabemos demostrar (basta en fijarse cómo le alecciona su virtuoso jefe cuando descubre su adicción). Hay personas que se han quedado sin espacios donde habitar por culpa de nuestras convicciones, esos montones de polvo que ni recordamos de dónde sacamos.

Pero esos condenados a la vergüenza colectiva tienen derecho a masticar también su destino. Brandon y su hermana comparten un pasado que los señaló de algún modo que no llega a desvelarse; todo cuanto reclaman es contar con una de esas oportunidades que el resto desaprovechamos. Son tan diferentes a nosotros que acaban demostrando el vacío de nuestra propia felicidad, una falsa promesa que se queda en apuesta del nada a nada.

Y hacía falta un rostro que pudiera percibir todas las aristas de lo inexplicable, alguien que pudiera gritar sin ser visto. La elección de Michael Fassbender no podía ser más acertada; el actor ofrece un recital que el recuerdo guardará a buen recaudo. Inmenso en su intensidad, apabullante en su entrega, demoledor en el desespero; quizás sea mejor no definirlo y limitarnos a caer rendidos a sus pies. Y esa verdadera lección de registros sólo es uno de los detalles que une esta historia a otro gran clásico.

Shame es El Último Tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972) de nuestro tiempo. Como ella, muestra la desesperación de personas que no pueden encajar, que demuestran la avería masiva del sistema. Como ella, también demuestra lo superficial que es nuestra comunidad; tan reprimidos andamos, sexual y culturalmente, que no alcanzamos a entender que ni entonces ni ahora se nos pretende excitar, que Bertolucci y McQueen sólo muestran la crueldad con la que permitimos a seres solitarios hundirse en el infierno, sin más ayuda que su propia carne. Nos enseñan lo barato que es el olvido.

Y ese es el principal éxito de la película; consigue mostrarnos un pedazo de vida de seres que quedaron fuera del cuadro, lejos del enfoque de nuestra ingenuidad. Ajenos a nuestra necesidad de pensar que todo está bien; nos engañamos para sobrevivir pero, por el camino, aplastamos lo que no entendemos con la condena a la disidencia.

En un final mágico, trazado por una elipsis que muestra del sinsentido del paso del tiempo cuando todo está dicho, Shame se convierte en una obra mayor, un poema moderno rodado con una belleza fiera, una rotundidad que se asemeja al cubo de agua helada que nos arroja para despertarnos de nuestra cansina letanía de oraciones infantiles.

Porque un día de estos dejaremos de correr y descubriremos que todos andamos un poco solos.


Un trailer




Desasosegante New York, New York cantado por la increíble Carey Mulligan



Y una de las mejores y más tensas secuencias que he visto en tiempo. El cazador estallando contra una selva que no reconoce, descubriendo que la presa es él. Sencillamente emocionante, como esa tremenda banda sonora de Harry Scott

9 de noviembre de 2011

El acero roto de la melancolía

El mundo crece a veces de un modo extraño, junto a los bordes del camino, hacia lugares empeñados en alejarse de nuestra comprensión, domando nuestra capacidad de ser como los demás, apretándonos la cara contra una fotografía de algo que solía ser nuestra imagen. Y recordamos que nunca puedes estar seguro de demasiadas cosas, que no dejamos de aprender y que las estrellas no conspiran contra nadie, sólo explotan antes de que tengamos la oportunidad de regalarles un nombre. El mundo muere a veces un modo tan extraño, que sólo estallando con él descubrimos que éramos yonquis del equilibrio, enganchados a las sombras de un puente, pendientes de dosis que no tenemos.

Porque escondernos de cuanto sucede a nuestro alrededor no cura, sólo nos permite ignorar el dolor de los demás mientras conseguimos pasar de puntillas sobre nuestra propia responsabilidad, como niños malcriados que no quieren salir a la pizarra pero disfrutan viendo a los condenados desfilar. La vida es tan simple que resulta implacable.

Lars Von Trier tiene la facultad de cabrear a la gente, especialmente cuando se le acercan con la curiosidad de quien observa un ave exótica apresada en una bolsa de plástico; metes las narices y una garra alienada por el cautiverio químico te arranca un ojo. Duele, pero alguien encerró la jungla donde no debía. Son las reglas del juego.

No puede negarse que este danés medio demente sabe volar y, cuando lo hace, no puedes mirar a ningún otro sitio; sólo te dejas llevar por ese aletear que apaga el sol, descubriendo que todos cabemos en los instantes de reserva la belleza.

Melancolía es mucho más que un poema tremendo acerca de la tristeza, es un canto abrumador al poder de los diferentes, a la soledad de los que entienden lo que no consiguen explicar; a aquellos que ya han estado donde tú nunca llegarás. Es un rendido tributo a las víctimas que no nos convienen, a los estragos de la colisión.

Una mujer (espléndida Kirsten Dunst) vive suturada a las convenciones de una vida que no le corresponde; el día de la su boda se convierte en el clímax imposible de las imperfecciones de lo que no se cuestiona y ella estalla abandonándolo todo, en pos de sí misma, hacia un abismo construido entre deshechos de locura y pilares de honestidad.

Justine se hunde en una depresión que siempre le había pertenecido y se aleja de todo cuanto le rodea, directa hacia ningún sitio. Pero cuando llega al fondo de su propio subconsciente, cuando sólo parece quedar el desastre, descubre los límites de una senda cegadora que dirige su desorden hacia un destino tan imprevisible como cierto, su propia diferencia. Todos somos únicos en nuestra deformidad pero Justine es algo más que alguien sin rumbo, es, ella misma, el rumbo. Y con ella nos dirigimos hacia Melancolía.

Y explota una bellísima metáfora representada por ese planeta colosal dispuesto a engullir nuestra Tierra, azul e ingenua. Una imagen que nos avisa de lo inevitable que parece la diferencia cuando aprendemos a aceptarla. Vivimos engañados, incluso cuando la catástrofe avisa con tiempo su llegada. Ése es el motivo final de la infelicidad, la incapacidad de prepararnos ante la diferencia. La seguridad sólo es un prólogo mal escrito para la nada.

Justine es la profeta de ese cambio inevitable (conocía el número de judías en el pote), el combustible que activa el fuego, la seducción desnuda que llama a la revolución. La sociedad la trata como a aquella ave de la bolsa, con extrañeza, entre toneladas de condescendencia y anestesia en mal estado; pero al final no hay nada peor que ignorar la realidad y su venganza lo significará todo, nos arrojará al fin del mundo; el éxtasis vive en Melancolía.


Y frente a la bestia herida que trae al caos de vuelta a su hogar, una hermana que representa lo que somos todos, la estabilidad de lo cierto a medias. Claire (otro recital de Charlotte Gainsbourg) quiere cambiar una situación que se niega a comprender; nunca acepta el significado de Justine y eso la condena a ser un testigo silencioso ante el Apocalipsis.

Resulta estremecedor lo cercana que sientes la egoista reacción de Claire ante el fin, esa impotencia que se traduce en un deseo irrefrenable de disimular lo inevitable; impresiona cómo olvida totalmente la fragilidad de su hijo ante lo incomprensible, a cambio de un final digno para ella; es la depresiva Justine quien le coloca de vuelta a ese mundo que rechaza (“¿Sabes qué pienso de tu plan? Pienso que es una mierda”).


La decisión final de la enferma emerge desde el mundo de los cuentos, invadida por la magia que sólo los locos, o los niños, pueden entender y se erige como la respuesta airada ante una Humanidad que ha olvidado que, después de todo, no somos más que lo que decidimos ser.

Obra maestra abierta a mil interpretaciones, Melancolía pasa a formar parte de ese grueso de películas que nos demuestran que otro tipo de arte es posible, aquel que nos mira cara a cara y nos pregunta si estamos preparados para jugar, si estamos dispuestos a rasgar el plástico y aprender a volar.








2 de mayo de 2011

La página 237

La locura es como juguete que olvidaste encendido en el ático; ese pequeño, incómodo detalle que te recuerda lo inoportuno de la oscuridad, mientras golpea insensato las escasas paredes del paraíso de polvo al que lo has confinado. Y dejas que se agote, que se desperdicie la energía que le mantiene vivo; esperas que muera, pero nunca sucede. Sigue el torpe conflicto del último refugio; intentas olvidar el traqueteo pero la mente siempre te escucha demasiado tarde y te descubres imaginando qué debe sentir un ave envuelta en una jaula demasiado pequeña, depredadora metálica de alas a medio batir.

Cuando llega la noche, aquellos leves ruidos de desván se han convertido en aullidos desesperados, en exigencias de un guión que no puede acabar bien. Aturdido, decides acabar con todo eso y te diriges a la habitación, dispuesto a desconectar toda esa enfermedad pero, incluso antes de que abras totalmente la puerta, el ruido ya se ha detenido. Aplastado por un fogonazo revelador, entiendes que nunca hubo ningún juguete. Das un paso hacia delante, turista en un bazar que apesta a demencia; te hundes en la oscuridad y cierras la puerta tras de ti. Hogar, dulce hogar.

Las razones que esculpen la locura siempre son ajenas al camino de vuelta, no puedes bucear en ellas porque ya se han encargado de ahogarte. Lo más tremendo de ver cómo se desata la locura es que no llega sin más, procede de algún lugar en el que habitaba sin avisar, reservándose para la fiesta. Poco importa su sentido cuando empieza a repartir dentelladas a diestro y siniestro; todo cuanto puedes hacer es intentar mantener a los seres queridos fuera de su alcance. Antes de que sea demasiado tarde, antes de que todo deje de importar.


En 1980, Stanley Kubrick dirigió El Resplandor, uno de los más turbios y contundentes retratos de la obsesión que haya dado nunca el cine. Basándose en una obra maestra de Stephen King que ya desempolvaba un agobiante imperio de múltiples lecturas, Kubrick retomó la historia y la recondujo a su reconocible terreno de frialdad narrativa, condensando los recursos que ya poseía el original para estallarlos contra el muro de la locura, en el rostro de un alucinado Jack Nicholson (mucho se ha criticado su interpretación por excesiva, pero revisitada con el paso del tiempo, entiendes la dimensión real de su apuesta).

Jack Torrance, un escritor abandonado en la pendiente de la falta de inspiración, acepta un trabajo como cuidador del hotel Overlook, un complejo que se levanta en plena montaña y que cierra sus puertas durante la crudeza aislada del invierno, como un oso que descansa sus espaldas sobre los meses nevados. Allí, en un abismo de herida soledad, se abren las puertas del infierno para engullir la debilidad de Jack y devolver un ser destrozado por sus propias miserias; un cazador cojo, perdido en su propia incapacidad de amar, ajeno a una vida que le aplasta unos huesos que ya no saben escribir.


Siempre me ha parecido que ése es el último sentido de la historia y ya lo era de su base literaria; un monumento descomunal al fracaso de la hoja en blanco. No hay principio y no hay fin. Los pasillos palpitantes del hotel, las paredes incomprensibles del laberinto, los espacios abiertos al silencio; todo se comporta como una metáfora asfixiante de la mente del protagonista, que se derrumba hacia adentro, en una pirueta psicótica que lo convierte en parte de ese hotel que quizás nunca estuvo maldito; quizás sólo fue un inmenso espejo deforme dispuesto a partirse sobre la locura que había nacido en algún lugar, en algún momento; ambos lejos de allí.

Porque siempre he pensado que Jack Torrance no enloquece en el hotel; él enloquece al hotel. Esas conversaciones imposibles que mantiene en el bar y el lavabo con fantasmas se ocupan de demostrarnos que las cosas nunca estuvieron bien del todo (la agresión a Danny) y que hombre y bestia ya se conocían; ambos acuden al hotel Overlook para escenificar de forma dantesca un amor eterno que ya se habían jurado.

El Resplandor es una obra compleja, mucho más de lo que en su momento se acertó a entender. Sus descubrimientos cinematográficos son memorables, como suele ocurrir en las películas de Kubrick; desde el uso obsesivo de la steadicam (esas ruedas pedaleadas, abriendo las entrañas del hotel), hasta la fijación por las perspectivas profundas como reflejo de una mente que está huyendo de foco; porque la filmación de los espacios cobra un protagonismo vírico, como un personaje más que va contaminando la cordura de los personajes; esos rincones son la mente del protagonista devorando a su familia, hasta que consigue que ellos mismos tomen contacto con los espectros de un pasado que siempre fue mejor.

Esa nostalgia por lo que pudo ser y nunca fue es el motor que dirige la impotencia definitiva del personaje; su admiración por los tiempos de oro es la más evidente muestra de una conciencia incapaz de aceptar una realidad que pesa mucho más que los cuentos de fantasmas.

No puedo apartar de mi memoria de la secuencia en la que esa madre desquiciada toma contacto con el terror más absoluto cuando comprueba que la obra de ese escritor estéril es la misma frase repetida miles de veces en cientos de folios. Es una de las muestras más espeluznantes de crueldad narrativa aparecidas nunca en una pantalla; no hay salida.

Sí, vale la pena volver sobre esta gran obra que crece con el tiempo. Sólo un consejo más; si lo hacéis, y con más razones que nunca, hacedlo en su versión original; la doblada al español es otra cosa; una cosa mucho peor.


El inicio de la película; con él, arranca el diálogo con los espacios.




Un trailer:

19 de diciembre de 2010

La lógica del pesimista

Cuando usas conceptos sobre los que todos tenemos una opinión, te pierdes en un bosque que extrañamente te lleva a algún sitio. Es algo que sucede a menudo con el lenguaje; aprovechas referencias que deberían ser válidas pero que se demuestran agotadas cuando las acercas al significado que quieres trasladar; supongo que no es algo tan raro, sencillamente s el motivo por el cual todos necesitamos expresarnos.

Diría que David Fincher es un director clásico, tal y como lo son Clint Eastwood, los hermanos Coen, Lynch o Paul Thomas Anderson; lo diría, pero no tengo muy claro qué significa. Se suele afirmar que clásico es lo que merece ser imitado, pero no me refiero exactamente a eso.

La sensación que me produce su manera de rodar es algo más propio del juego de los recuerdos y cómo encajan en el tiempo cuando los atrapa. Su cine no parece que pudiera ser de otro modo, de una forma distinta a como es. Sientes que ha escogido la mejor manera posible para acercarte a cuanto quiere enseñarte.


Recientemente he recuperado Zodiac, y esa fue la impresión que sus imágenes me iban dejando; no sobraba ni faltaba nada, todo acontecía como si existiera antes de ser rodado, como si la cámara se limitara a hacer el trabajo más sencillo del mundo; el retrato del instante perfecto.

Aprovechando la historia real de un asesino que durante los años sesenta y setenta cobró especial relevancia en San Francisco, especialmente por el uso que hizo de los medios para dar a conocer sus actos; muerte, mentiras, manipulación y una sociedad hambrienta de riesgo. Pero el enfoque de la apuesta de Fincher se aparta suavemente de los crímenes y se lanza a la obsesión de la caza; la frustración tremenda de un policía (memorable Mark Ruffalo) y un dibujante del San Francisco Chronicle que dedicaron la mitad de su vida a intentar solucionar un enigma que se parecía demasiado a ellos mismos.

Con muchos momentos de gran cine (el primer interrogatorio al principal sospechoso, la visita del dibujante a una extraña casa, cada uno de los asesinatos), Zodiac es una muestra más de cómo David Fincher es mucho más que un maestro en el uso de la fotografía y en la ejecución de planos ingeniosos; es un verdadero alquimista del tiempo y la narración mediante imágenes.

Algunas de sus películas son mejores que los guiones en los que se basa (ese exceso de almíbar en algunos momentos de El Extraño Caso de Benjamin Button) y se sirve de cada obra para extenderse en la búsqueda de nuevas soluciones. Resulta muy curiosa su evolución y el parecido que guarda con la de otro grande como Stanley Kubrick. Lo que empezó como un extenuante ejercicio de estilo en busca del más difícil todavía está mutando hacia una sencillez engañosa, una tranquilidad en los recursos que habita la antesala de la explosión.

Un pequeño repaso a su obra nos lleva a una constante recurrente; demuestra lo inevitable que resulta el pesimismo pero también lo liberador que es descubrirlo, una revolución tomada por millones de ojos cerrados de par en par.

Ya en la fundacional, en esa obra maestra que fue Seven filmó el ritmo de una sociedad que está enferma porque no consigue aceptarse y, de paso, atajó para siempre la comodidad de los finales felices. Además, un soberbio Kevin Spacey nos enseñó en poco menos de quince minutos que el diablo no es más que una fórmula perfecta, el hogar de unos fantasmas reconocibles que sólo saben curar su dolor causando más.


Quizás El Club de la Lucha sea su obra más política, la que desvela más claramente sus intenciones de mirar lo oculto desde los detalles de una cotidianeidad que cada día disfrazamos con más descaro, en busca de una comodidad que significa el letargo de nuestros días. Morimos quietos porque decidimos olvidar que podíamos movernos; nos vamos sin recordar que la vida prometía mucho más de lo que fuimos capaces de entender.

Me intriga especialmente el giro que suponen sus últimas obras. La Red Social es una extraña, gélida y contundente alegoría acerca de un mundo que ha dejado de entenderse; cruel en la descripción de la dictadura de los perfiles de la frustración. Toma como excusa la creación de Facebook, esa perfecta maquinaria de expectativas de un futuro mejor que ya hemos dejado pasar, para diagnosticar la verdad más inevitable. Nos hemos perdido en un laberinto que nunca fue nuevo.

No hay mejor noticia que extrañarse por lo que nos rodea; dejar que lo inesperado aprese nuestra seguridad y nos reduzca de vuelta al origen, a la ausencia del prejuicio. Ese espacio puede estar teñido de sangre, quizás rodeado de dolor, pero es un nuevo principio y nunca más podremos decir que no tuvimos nuestra oportunidad.


Gran diseñador de la matemática del mañana, David Fincher es un creador interesante porque desprecia lo estático, se empapa del error de los caminos mal escogidos para mirar por la ventana de la próxima estancia, como el niño que descubre por primera vez que el regalo no era el envoltorio.


Un montaje con Where is my Mind de los Pixies, que ya servía como colofón ejemplar a El Club de la Lucha; "me has conocido en un momento extraño de mi vida"...


19 de noviembre de 2010

Cuando no estás dentro

Miramos a los mundos que conviven entre nosotros con un gesto de devastadora extrañeza; enlazamos con urgencia los planes que nos alejan de su compañía, las mentiras que nos permiten respirar aire fresco cuando lo necesitamos. Más aire, del que necesitamos. Ellos vagan a nuestro alrededor, molestando nuestra tranquila constancia en la repetición, mostrando esos rostros descarados que nos otean como si no pensaran marcharse. Y cerramos los ojos para apartar la monstruosidad, para condenarla al espacio de los cuentos mal contados, aquellos que acaban mal pero ya no asustan.

Con la calma de un seductor con las cartas marcadas, te retiras a tu palacio de madera que no arde y te entretienes levantando mil veces un castillo de naipes sobre tu ombligo, desmontándolo cuando amenaza derrumbarse sobre ti, con el escaso riesgo de quien conoce la belleza de pertenecer a un mundo corriente. Y en ese manso juego de mangas anchas, nos olvidamos de lo que importa el frío cuando no tienes ropa suficiente; nos olvidamos de ellos y seguimos con nuestro aburrido juego de espejos y recompensas eternas.

En ocasiones me pregunto qué sería estar fuera y no poder entrar. Ser diferente, que no te reconozcan; vivir en los suburbios de la normalidad, en las bodegas de un barco a la deriva. Escribir mandamientos que sólo conoces tú. Arrugar mensajes devueltos antes de salir. A veces me pregunto si notas cuando empiezas a convertirte en un monstruo para los demás.

Recuerdo perfectamente mi primer contacto con Freaks de Tod Browning; era un niño. Fue a través de un antiguo libro de cine; varias fotografías de sus personajes me alertaban de algo que no podía entender, un universo que no tenía sentido y que parecía acudir en estampida desde un pasado que parecía irreal; supongo que intenté aparcar aquellas sensaciones en el cajón de las fantasías y las encadené al resto de maravillas que alojan la infancia en el significado de los sueños; lo intenté pero lo cierto es que aquellas imágenes me acompañaron con un ritmo extraño, creciendo más lentamente que yo, esperándome pacientes hasta que pude aceptar que escondían algo distinto.

Aquellos rostros incubaron en mí la intriga de la distancia, el peso del misterio, la curiosidad del recuerdo; me acercaron a la injusticia de mi propia ignorancia. Quizás fueron mi primer romance con esa esquiva amante llamada inspiración.

Bastantes años después, abrí definitivamente la puerta para devolver lo que no era mío y vi la película. La impresión fue tan grande que mis recuerdos se hincharon como un animal herido que no piensa morir sin defenderse; se abalanzaron sobre mí y empezaron a desvelarme el misterio de aquellas fotografías. El secreto era que no había secreto.

Todos aquellos personajes ajenos a la realidad que conocemos, inmersos en poesías a medio hacer; aromas un de circo de huérfanos abandonados que han inventado un nuevo escenario de belleza donde poder sobrevivir con el orgullo de quien mira tu estupor desde el otro lado. Y allí lo dos, uno frente a otro, te percatas de que lo único aterrador es tu absurdo mundo de prejuicios punzantes. Sí, cierras los ojos, pero los monstruos no marchan porque te has convertido en su único hogar.

La historia no discurre por la compasión, ni por concesiones a la galería; es un contundente ejercicio de solidaridad entre los que viven en el frío, una bofetada airada contra un mundo que sigue embobado con sus castillos de arena y su belleza raída, ajeno a los que de verdad entienden el cariño.Uno de los finales más aterradoramente justos de la historia del cine cierra una alegoría que, ya en 1932, describía el genoma de una humanidad construida sobre el odio a la disidencia.

Y todavía hoy tengo la sensación de que aquellas fotografías me enseñaron algo que no consigo entender del todo, algo que sólo cuando te quedas al otro lado de la puerta alcanzas a comprender. Supongo que el paso del tiempo significa la soledad de la belleza que se apaga, y el monstruo no es más que la melodía de un tiovivo donde hay sitio para todos.

El secreto, después de todo, es que no había secreto.

26 de julio de 2010

Breaking Bad

Me gusta el sentido que suelen tomar las recomendaciones; cuando alguien te aconseja que vivas algo que le ha impactado, parece esperar que lo hagas del mismo modo como él lo ha hecho. Porque en el fondo necesitamos compartir una experiencia, pero no la entenderíamos de un modo diferente a como nosotros la vivimos. Al final nos importa más explicar cómo nos gusta una canción que saber precisar el cuanto. Estás convencido de poder encontrar las palabras adecuadas para producir el milagro, pero éste nunca se produce. Necesitamos ver las cosas por nosotros mismos. ¿Desconfianza? Quizás tan sólo voluntad de no perdernos la mejor parte del pastel; descubrirlo.

Stephen King es para mí algo más que un escritor, es una especie de amigo fiel en el que confías sin preguntarte demasiado a menudo el porqué. Es el principal culpable de que un día me acercara a las palabras, de que me concediera el beneficio de la duda. Con el tiempo, no demasiado, acepté que no había un maravilloso espacio esperándome mientras escribía; pronto supe que escribir era algo muy diferente a lo que yo intentaba hacer. Pero, también en ese instante, descubrí el placer de perderse, la perfecta diversión que regala abandonarse a la libertad de no tener que llegar a ningún sitio. Todo eso, de alguna manera, se lo debo a King; las evidencias y la responsabilidad de disfrutar del momento. También a él le debo haber descubierto Breaking Bad; cuando alguien como él se acerca para susurrarte algo al oído, le coges la mano y atiendes. Por si acaso.

Walter White es un profesor de química al que se le diagnostica un cáncer de pulmón en estado muy avanzado; su situación económica es complicada y no la luz del túnel ha dejado de tener sentido. Ante lo poco que le promete su inmediato futuro, decide buscar soluciones; no hay tiempo. Decide aliarse con un ex alumno, que ha acabado como traficante de drogas de medio pelo, y poner sus conocimientos al servicio de la fabricación de metanfetamina. La producción lleva a la distribución y ésta, a los problemas. La cocina de los sueños. Un extraño en un mundo de sabios asesinos.

Con un estilo visual áspero y unas interpretaciones excelentes, la historia se sube al carro de esas ficciones maravillosas que últimamente están poblando la televisión y que tarde o temprano acabarán cuestionando la supremacía del cine en la creación de historias, si no lo han hecho ya.


Basculando entre la comedia más negra y el drama más explosivo, Breaking Bad incluso se plantea jugar en un terreno cercano al esperpento, donde las reglas de la corrección se riñen con la mala suerte de unos personajes que se niegan a rendirse ante una platea repleta de gestos compasivos, de consejos inútiles.

Es ejemplar la forma cómo exhibe la lucha contra la enfermedad, cómo pasa a un segundo plano frente a los quebraderos de cabeza del negocio. Impresiona el relato de violencia desmedida que impera en Nuevo Méjico y que tan bien reflejó “No es país para viejos”; la droga es ya el único idioma universal. El beneficio adictivo de la sangre.


El azar se reivindica como el único sentido de ese universo tomado por nómadas del tiempo agotado; el protagonista calcula el ritmo de la circunstancias, el estruendo de la fortuna cuando huye, y apaga sus oídos contra la pared, intentando no mirar cuando sus actos se vuelven oscuros. Pero esa precisamente la peor noticia de quien no ha aprendido a ser malo en el infierno, estás rodeado de profesores empeñados en ofrecerte la última lección.

Recomendable apuesta, la que propone Vince Gilligan (artífice de los mejores momentos de Expediente X); una gozosa posibilidad acompañar en su destino a este grupo de perdedores que han olvidado el significado de la palabra oportunidad, pero saben muy bien lo que quiere decir sobrevivir.

Dos montajes sobre imágenes de la serie. El primero sobre la belleza de
Videotape de Radiohead.





Otro con
Dear Science de TV on The Radio; lo bueno tiende a juntarse.


12 de julio de 2010

Kick-Ass

Si Quentin Tarantino hubiera decidido trasladar su apabullante genio pop al terreno de los superhéroes, muy probablemente el resultado no habría distado mucho del obtenido por Matthew Vaughn en Kick-Ass, ejercicio de estilo referencial abonado a la cuerda floja. Apasionante adaptación del cómic homónimo; divertida renovación del concepto cinematográfico de héroe, eliminando cualquier posibilidad de encaje en una sociedad que ya ha imaginado sus propios dioses; y, con ellos, sus propios demonios.

Un adolescente aquejado de mucho tiempo libre y pocas buenas ideas, se pregunta la razón por la que nadie ha intentado nunca ser un superhéroe. Por qué sólo desequilibrados suicidas se colocan capas para lanzarse al vacío desde un rascacielos, comprobando que no pueden volar justo antes de estallar sus huesos contra un coche aparcado en el sitio equivocado.

Decide probar suerte y adquiere un traje por internet, identidad que roza el ridículo pero que, curiosamente el propio protagonista nunca alcanza a cuestionar; la inocente fe que profesa por su nuevo cometido le anestesia ante una realidad que acepta a ese personaje por el efecto viral de la red y lo estrambótico de su actitud. Esa es la cuna de los héroes que quedan, llenar espacios huérfanos de historias nuevas.

Pero no tarda en descubrir que ese mundo ya tenía otros moradores; monstruos escondidos que no han hallado su propia leyenda, vagando entre las sombras de una sociedad que no entiende de segundas oportunidades. Y allí adoptan gestos peligrosos, al margen de un sistema que han dejado de entender, muy cerca de expresiones que van desde la venganza implacable al fascismo de conciencia desesperadas.


Y ellos protagonizan los momentos más interesantes; Big Daddy, relajado en las formas pero doloroso en un interior clavado a la injusta muerte de su mujer. Y, por supuesto, Hit Girl, un verdadero Armagedón, metáfora viviente de un complejo de Electra asesino; un personaje memorable que se ha convertido desde ya en uno de los mejores del año.


Una niña de doce años cuyos únicos referentes morales son un padre enfermo de ausencia y una madre a la que sólo puede recordar a través de la venganza. Acaba resultando enternecedora la pavorosa relación que mantiene con su padre, ese Big Daddy que no ha descubierto otra forma de amar a lo único que le queda.

Se ha querido levantar la polémica por la violencia gratuita y la participación de gente joven en ella. Está claro que pueden plantearse problemas morales de ese calado y que nadie obliga a comulgar con el entramado ético de la película, pero también lo está que el sentido del humor no es uno de los fuertes de nuestra cultura.

Estamos mucho más cómodos sobreviviendo entre la hipocresía que se aleja de la ficción; la que nos permite apartar la vista ante las atrocidades que sufren los niños cuando son llamados a participar en guerras incomprensibles. Ante esos espantos, solemos ser mucho menos activos; preferimos rasgarnos las vestiduras con una película que busca entretener, aunque sea mostrándonos el lado menos amable de una sociedad decididamente extraña.


Y en esos detalles menos complacientes se encuentra el mayor interés de Kick-Ass. El protagonista, descubriendo el lado más doloroso de los juegos; esa niña perdida entre algodones de sangre y autismo social; Big Daddy, convirtiendo la venganza en un juego que sólo nos lleva al punto de partida, solventando sólo una pequeña parte de un problema inabarcable, sacrificando las pocas cosas que seguían importando.


Y todo ello, empaquetado en un envoltorio brillante, de ejecución impresionante (atención a las secuencias de acción y a su conjunción perfecta con una banda sonora tan ecléctica como sobresaliente). Se suceden lo ecos al cine reciente, siempre con un enfoque incómodo; hay homenajes directos a Kill Bill (esa obra maestra que crece a cada revisión, virtud reservada a casi todas las travesuras de Tarantino).

Poco apoyada por el éxito de taquilla en este país (una inefable entelequia que parece reservada a hitos del esperpento como “Sexo en Nueva York 2”) pero reconocida por la crítica como una definitiva bocanada de aire fresco en un entorno anclado en un cómodo aburrimiento.

26 de mayo de 2010

Lo que pasó, pasó

Y acabó. El día 23 de Mayo finalizó una de las apuestas más arriesgadas, complejas y, por qué no decirlo, delirantes que ha dado la televisión. Lost llegó a su último minuto, y en ese preciso instante se dispararon las teclas más afiladas a decapitar con saña el descomunal atrevimiento de sus creadores. Vivimos en un mundo donde todavía es inaceptable la libertad artística, sobre todo si ésta viene reñida con los prejuicios que dictan nuestras preferencias.

Es posible que algunas de las tramas de la serie no llevaran a ningún sitio, como es innegable que algunos de sus personajes no acabaron aportando demasiado al desarrollo de la historia. También parece evidente que la coherencia aplastante de la serie en sus intenciones ha hecho muy difícil mantener la atención siempre al mismo nivel. Pero, dicho esto, estamos muy probablemente ante el producto más ambicioso, revolucionario y entretenido que nunca se ha estrenado en televisión.


Lo más interesante de Lost siempre ha sido esa inquebrantable vinculación con la literatura como motor narrativo; ese deseo manifiesto de alejarse de los modelos preestablecidos para adentrarse en un terreno inexplorado donde los espectadores eran constantemente retados con una historia que siempre avanzaba sobre sí misma, extendiendo su lógica contra unos personajes sin salida, unos locos de cristal que descubren demasiado tarde que quedaba tiempo para la lucha. Y son esos personajes el centro neurálgico de un sistema que nunca ha traicionado la lógica del relato.


Nunca antes una obra había sido sometida a un análisis tan exhaustivo, en ocasiones rayando la obsesión enfermiza, por parte de un público exigente como pocos, tan preocupado por encontrar respuestas como ignorante ante la belleza de las preguntas. Resulta estremecedor pensar en el reto de afrontar ese último capítulo, sabiendo de antemano que el resultado iba a ser objeto de millones de opiniones adversas, inevitablemente insatisfechas; porque esa es la primera verdad, y éxito, de la serie, haber creado un pequeño universo perdido en cada una de las mentes de los televidentes.

Ante esa expectación excesiva e inevitablemente injusta, los creadores han optado por el más difícil todavía; han decidido mantener vivo el misterio explicándolo todo. Ha sido tremendamente divertido observar cómo las tremendas opiniones negativas que primero aparecieron han ido mutando silenciosamente en algo muy distinto, hasta convertirse en una admiración desatada por un ejercicio narrativo digno de los mejores escritores. La ficción en televisión se ha hecho mayor y reclama atención.


Porque han sido seis años de secretos que sólo lo eran porque no podían ser desvelados; emociones contenidas en frascos de material radioactivo; mensajes al servicio del esfuerzo del espectador; retos elevados al malabarismo (ese final de la tercera temporada); protagonistas que compartían contigo la necesidad de no volver a equivocarse. Y todo ello envuelto en un embalaje de máxima diversión, perfecto acabado (impresionante banda sonora de Michael Giacchino) y descaro argumental.


El gran acierto de la historia ha sido jugar con elementos que nos resultan esenciales para construir cualquier comprensión; el tiempo, el espacio, la vida, la muerte. Todo ha dejado de tener valor en este cóctel caprichoso que llevaba mucho más alcohol del previsto. Cuando quisimos empezar saborear la bebida ya estábamos mareados, en sus manos.



Y en el fresco hay trazos de la mejor literatura (qué hubiera ocurrido sin Stephen King, Joseph Conrad o Philip K.Dik); mitología histórica y religiosa; alardes de coherencia argumental al alcance de muy pocos. Y la sensación de engaño siempre ha ido de la mano de una evidencia admiración por la apabullante lógica del resultado.

La colisión con el final ha sido un estruendo y la razón principal ha sido la falta de respuestas; pero estoy convencido que precisamente esa era la única opción válida. ¿Realmente alguien esperaba un listado desatascando enigmas? Todos los secretos de la isla estaban en el interior de quien miraba. La comodidad siempre es una compañía poco agradecida.


Precisamente ahí reaparecen las dudas que siempre me ha generado Lost; ¿realmente se trata de una obra de autoría única? En ocasiones, he tenido la sensación de que su universo se ha construido tanto en la mente de sus creadores como en la de los espectadores que, con su vehemente dedicación, colaboraban a la creación de la mitología de la serie, en la construcción de ese juego de espejos infinito que iba lanzando mensajes que siempre se correspondían con su némesis narrativa. Pasado y presente; luz y oscuridad; ciencia y religión; escritor y lector.


Y en esa jaula de reflejos es donde realmente Lost alcanza su dimensión real porque, asumiendo que resultaba imposible saber quién miraba qué en todo momento, los guionistas decidieron tomar el control y esculpir un final tan atrevido como gozosamente cuestionable.


La situación me recuerda mucho a la vivida en su momento con Twin Peaks; después de una suerte de derivaciones más o menos descontroladas, que poco aportaban al estupendo arranque de la serie, David Lynch retomó la dirección del embrollo en el último capítulo y ejecutó un golpe de timón que dejó helada a una audiencia que se había acostumbrado a otro discurso, muy lejos del alucinógeno y tremendo rostro del Agente Cooper descubriéndose transformado, sudando ante su destino poseído. Un grandioso final para una serie que acabó hipotecando su misterio por el público. Pero los tiempos han cambiado.


No dudo que cada uno tendrá su opinión acerca del final de Lost y seguramente muchos habríamos limado algunos momentos (esa imaginería religiosa), pero resulta innegable la valentía con la que nos han lanzado al vacío durante estos años, creando una ficción que está llamada a cambiar las reglas de un juego que parecía muerto.


Y ahora nos quedamos algo huérfanos. Sin esos personajes en búsqueda de una redención que transita entre la ambición inhumana de la ciencia y el integrismo homicida de cualquier credo. Sólo ese trozo de tierra perdido en ningún sitio consigue dar un sentido a su existencia. Hemos tenido muerte y drama; ausencias y reencuentros; amor y descubrimiento; errores fatales y sacrificios inútiles. Pero sobre todo y ante todo, hemos tenido Aventura. Porque ese creo que es el mensaje final de Lost; todas esas personas perdidas, encalladas en ningún sitio, pasaron juntos los mejores momentos de sus vidas; los únicos recuerdos que llegaron a valer alguna vez la pena.




Quizás, la mejor banda sonora nunca compuesta para una serie de television.