Debe ser algo relacionado con el paso del tiempo, mal cosido a una edad que no avanza de forma lógica; debe ser algo que tiene que ver conmigo, pero cada día se me hace más difícil descifrar las coordenadas que significan pertenecer a un lugar; cuanto más me esfuerzo por encajar, más se estrecha mi espacio, más se complica la combinación ganadora. Y nadie tiene la culpa; a menos que ese nadie sea precisamente yo.
Aquella avería algo tendrá que ver con que nuestras historias son cada vez más nuestras y menos historias; antes crecían cuando saltaban de mano en mano, como tesoros de cristal que podían partirse en mil pedazos, bajo la atenta mirada de quien recogía el testigo, muchas veces inútil y medio roto, pero inmenso en su momento.
Sin embargo, me cuesta girarme hacia el pasado con nostalgia porque es algo que no puede cambiar, algo que se puede entender. Prefiero perder horas viendo cómo se suceden las cosas para estar presente cuando se produzca la magia; porque siempre ocurre una canción, un momento en la pantalla, un paraíso entre dos versos… siempre pasa algo. El problema es que se nos agotan las personas atentas a lo fabuloso, porque la fábula exige todo de ti; sólo así evita hacerse pedazos mientras pestañeamos.
Y es curiosa la reacción que reservamos al que se aparta del diseño, al que amenaza con imaginar algo distinto; el sarcasmo es el lubricante que hace funcionar la maquinaria. Ridiculizamos al soñador y olvidamos que nosotros mismos dejamos de soñar en algún momento; y la perspectiva es triste porque ni decidimos dejar de hacerlo. Ahora preferimos juzgar, desde la seguridad de ser todos iguales.
Escuchaba el intenso discurso que Barack Obama dio después de la matanza de Newton; en él dijo algo que me gustó mucho: “no podemos aceptar que estos hechos se conviertan en una rutina; como país podemos hacerlo mucho mejor”. Estaba hablando de la posesión de armas y cómo se está desangrando la felicidad de su país. Por supuesto, es un tema intocable para la nación, pero decidió pronunciar las palabras adecuadas en el momento necesario. Desconozco si conseguirá cambiar algo, pero no calló; y eso es mucho, sobre todo si lo comparas con nuestra patética raza política.
Serán muchos los que dirán que de poco sirvió, más los que le acusarán de lamentarse con lágrimas populistas; serán muchos los que le acusarán de demagogia. Pero también somos muchos los que no hacemos nada, sólo hablamos (o escribimos), protegidos por la tranquilidad de nunca tener que arriesgarnos. Es muy fácil mirar sin ser visto; casi tanto como opinar.
Nos olvidamos del poder de las fuerzas evidentes; tenemos que empezar a incomodarnos. Deberíamos automedicarnos con dosis adictivas de provocación porque en ella late el cambio, con ella nace la implicación en un tiempo que necesita de nuestra ayuda para comprenderse a sí mismo.
Estaba pensando en el próximo año y no sabía que desear, hasta que vi esa obra tan desesperada y destartalada que es Holy Motors, irónico reflejo alucinado de lo imposible que es ser diferente cuando nos resistimos a imaginar.
El lamento es el primer error del camino, así que he decidido unirme a estos desastrosos trobadores de melodías profanas. La vamos a liar. Trois, douze… merde !!!












