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28 de diciembre de 2012

Motores de repetición

Cuando deslizas tu atención desde tu ombligo a lo que te rodea, te conviertes en algo que nace para mantenerse lejos de ti. Es complicado no caer en la nostalgia y devolver las cosas a su inicio, convencido de que no hay hogar lejos del calor de nuestra comodidad.  Siempre había disfrutado de estos viajes químicos sin garantía de retorno, pero últimamente algo está pasando y los mecanismos de la diversión se me han averiado. No me preocupo porque todo procede del cambio y sólo la mentira dura para siempre; pero no puedo evitar inquietarme por esa sensación de soledad que acude donde antes habitaba el estruendo de las hadas del azar.

Debe ser algo relacionado con el paso del tiempo, mal cosido a una edad que no avanza de forma lógica; debe ser algo que tiene que ver conmigo, pero cada día se me hace más difícil descifrar las coordenadas que significan pertenecer a un lugar; cuanto más me esfuerzo por encajar, más se estrecha mi espacio, más se complica la combinación ganadora. Y nadie tiene la culpa; a menos que ese nadie sea precisamente yo.

Aquella avería algo tendrá que ver con que nuestras historias son cada vez más nuestras y menos historias; antes crecían cuando saltaban de mano en mano, como tesoros de cristal que podían partirse en mil pedazos, bajo la atenta mirada de quien recogía el testigo, muchas veces inútil y medio roto, pero inmenso en su momento.


Sin embargo, me cuesta girarme hacia el pasado con nostalgia porque es algo que no puede cambiar, algo que se puede entender. Prefiero perder horas viendo cómo se suceden las cosas para estar presente cuando se produzca la magia; porque siempre ocurre una canción, un momento en la pantalla, un paraíso entre dos versos… siempre pasa algo. El problema es que se nos agotan las personas atentas a lo fabuloso, porque la fábula exige todo de ti; sólo así evita hacerse pedazos mientras pestañeamos.

Pierdes un instante en escuchar a la clase política de este país, deslizas tu parsimonia letal  sobre la programación de la televisión, te meces en el último local de moda o te espabilas para convertirte en motivo de conversación. Da igual lo que decidas hacer, porque alguien lo habrá hecho antes que tú y alguien volverá a hacerlo cuando tú acabes. Somos piezas martilleantes de un teatro aburrido y previsible del que todos somos protagonistas.

Y es curiosa la reacción que reservamos al que se aparta del diseño, al que amenaza con imaginar algo distinto; el sarcasmo es el lubricante que hace funcionar la maquinaria. Ridiculizamos al soñador y olvidamos que nosotros mismos dejamos de soñar en algún
momento; y la perspectiva es triste porque ni decidimos dejar de hacerlo. Ahora preferimos juzgar, desde la seguridad de ser todos iguales. 

Escuchaba el intenso discurso que Barack Obama dio después de la matanza de Newton; en él dijo algo que me gustó mucho: “no podemos aceptar que estos hechos se conviertan en una rutina; como país podemos hacerlo mucho mejor”. Estaba hablando de la posesión de armas y cómo se está desangrando la felicidad de su país. Por supuesto, es un tema intocable para la nación, pero decidió pronunciar las palabras adecuadas en el momento necesario. Desconozco si conseguirá cambiar algo, pero no calló; y eso es mucho, sobre todo si lo comparas con nuestra patética raza política.

Serán muchos los que dirán que de poco sirvió, más los que le acusarán de lamentarse con lágrimas populistas; serán muchos los que le acusarán de demagogia. Pero también somos muchos los que no hacemos nada, sólo hablamos (o escribimos), protegidos por la tranquilidad de nunca tener que arriesgarnos. Es muy fácil mirar sin ser visto; casi tanto como opinar.


Nos olvidamos del poder de las fuerzas evidentes; tenemos que empezar a incomodarnos. Deberíamos automedicarnos con dosis adictivas de provocación porque en ella late el cambio, con ella nace la implicación en un tiempo que necesita de nuestra ayuda para comprenderse a sí mismo. 

Estaba pensando en el próximo año y no sabía que desear, hasta que vi esa obra tan desesperada y destartalada que es Holy Motors, irónico reflejo alucinado de lo imposible que es ser diferente cuando nos resistimos a imaginar. 


El lamento es el primer error del camino, así que he decidido unirme a estos desastrosos trobadores de melodías profanas. La vamos a liar. Trois, douze… merde !!!

24 de julio de 2012

Esta vez sí


Quizás el material de los sueños procede de aquello que no hemos aprendido a ser; somos esa extraña química que dilata los urgentes segundos que huyen de nosotros antes de que seamos conscientes de estar despiertos. El futuro son esos instantes en que tomamos consciencia de nosotros mismos, como si el sueño nos empujara lentamente hasta el día en que no volvamos a despertarnos y descubramos por fin lo que significa realmente el paso del tiempo.

Vivimos confundidos en vigilias de espacios no consumidos, suspendidos sobre un montón de cosas a medio hacer, alejándonos de lo que debería significar nuestra identidad, seducidos por una melodía incomprensible, banda sonora de quien siente la necesidad cazar antes de ser cazado. Vivimos bajo una presión que está desajustada; somos  una avería permanente que ha entrado en un ciclo vicioso que no entiende que gira fuera de su eje, enfermo. Necesitamos alejarnos de esa locura, pero, ¿para hacer exactamente qué?

La respuesta anda lejos de nuestra escasa capacidad de reinventarnos, de adaptarnos al dictado de las rimas asonantes. Vamos justos de camuflaje y la selva está cansada de hacernos favores, de nuestra torpe huida hacia adelante; en cualquier momento, nos recordará el precio de no tener demasiado que ofrecer.

En cuanto las cosas se alejan de nuestras expectativas, nos quejamos; como el niño que descubre que el universo no gira a su alrededor. Pero no pedimos ayuda, más bien exhibimos nuestra mala suerte, lo mucho que nos merecíamos y lo poco que nos han dejado. No pedimos ayuda, confiamos en nuestra vanidad.

Aunque no siempre sucede lo previsto; hay gente que se desmelena, se cansa de esperar a que la fortuna le sonría y se inventa el menú; hay gente que sencillamente escribe la carta de arriba abajo y descubre lo fácil que puede resultar no rendir cuentas. Hay gente que prefiere mentir.

Porque la mentira sigue siendo esa novia misteriosa que no consigues olvidar, con la que siempre tienes ganas de pasar un rato; tiene el sabor de las historias donde siempre eres el protagonista y todos los personajes giran a tu alrededor. Pero el centro de esta historia siempre se desvela tarde o temprano y reconoces que nunca hubo tal novia, que los recuerdos proceden del tambor de una pistola. Cosas del directo.

Y supongo que el momento más intenso de esta persecución de un personaje que no existe es cuando decides no aceptar la figura que te corresponde en la fotografía, cuando tu propia voz te resulta desconocida en la grabación. Entonces sólo puedes seguir avanzando y contar los segundos que te apartan del accidente.

Tania Head sobrevivió al atentado del World Trade Center del 11 de Septiembre; se encontraba en la planta 79 de la Torre sur y la intervención milagrosa de un bombero le permitió salir del infierno. Su futuro marido perdió la vida en la torre norte. Pasó dos meses en el hospital recuperándose de las graves lesiones sufridas; al salir, su escalofriante relato de los hechos, su empatía y capacidad de liderazgo le llevaron a presidir la Asociación de Supervivientes de los atentados del World Trade Center; se convirtió en uno de los rostros más reconocibles de las víctimas de aquel desastre, protagonizando múltiples homenajes y reconocimientos colectivos.

Precioso; si no hubiera sido todo mentira. En 2007 (sí, seis años después) un periodista del New York Times detectó ciertas incongruencias en su relato y descubrió que Tania Head nunca había existido. Fue la invención de una chica de Barcelona, que decidió que su vida no era suficiente y engendró una nueva.

Impresiona que la mentira hubiera podido subsistir tantos años, sometida como estaba a una exposición mediática masiva. Pero lo que realmente me intrigó de la noticia es que la persona en cuestión ya fabulaba con su vida cuando vivía en Barcelona (las heridas de su brazo ocasionadas en el atentado, habían procedido antes de un accidente en un coche deportivo y de una caída de caballo en un elitista club deportivo). Me imagino que todos los pequeños detalles habían ido construyendo  grandes historias. Repasas su historia y te topas con cursos de alta dirección, familias pudientes venidas a menos y múltiples clichés y estereotipos que construyen un poema decadente, metáfora de lo que nos han prometido que debe significar el éxito.

No sabes si sentir pena o sorpresa; si observar el caso como un ejemplo de los tiempos que corren o más bien como una historia que tenía que acabar siendo desdichada. No lo sé, pero no consigo conciliar el sueño cuando me imagino a Alicia Esteve suicidando a Tania Red; me inquieta la idea de alguien matando aquello que no consiguió ser, mientras ensaya su próximo personaje. Pensando, esta vez sí.



http://www.lavanguardia.com/libros/20120416/54284823455/libro-narra-engano-barcelonesa-11s.html

16 de mayo de 2012

Profundo

Nos perdimos en algún lugar antes de ser tú y yo,
con el sabor de un nuevo peligro atrapado en la lengua
y todos los finales imposibles abiertos de par en par,
reclamándonos impacientes como viejos conocidos,
pendientes de nuestra lenta caída desde el sol,
ensayando la sonrisa de una obra maestra deforme.
Cazados por faros en una noche de mil días,
nos fuimos derribando hacia lo más profundo,
lanzados hacia un vacío que no esperaba visita,
como pesos muertos que caen antes de hora.
Dolorosos esclavos de cicatriz inverosímil,
inocentes espaldas partidas por la soledad,
por la breve naturaleza herida de un adiós
que se pronuncia por primera y última vez.
Me pregunto si los disfraces sirven de algo
cuando encuentran pieles tan sensibles,
marchando del baile antes de medianoche,
como amantes furtivos que descubren juntos
que hay mil cosas antes que enloquecer de amor.
Suplicando que todo vuelva a ser como antes,
cuando las promesas sólo eran breves jornadas
entre dos mundos que no necesitaban conocerse.
Ya nunca sabremos cuando arrancó la locura,
pero sigue sangrando el eco de sus mandíbulas,
recuerdos de los profetas de la amenaza permanente,
crujidos de pajar en el circo del ataque inminente.
Y, mientras atiendo a las formas de la amputación,
me pregunto por qué nunca hablamos sobre ello,
por qué seguimos todos refugiados en la calma,
como corderos ancianos que prefieren esperar
al sacrificio indigno y extenuante que se alarga
sobre el escaso sentido que guardan las cosas, 
por qué ignoramos la poesía que canta al horror,
si es la que acude a enseñarnos el mejor camino.
Fueron errores de cálculo, la indecente geometría
que nos abandonó a los favores del homicidio;
escribo los pasos que no me atrevo a pronunciar.
Abrazo el aroma que deja el paso de la tormenta,
abatido; agoto las fuerzas necesarias para rendirse.
Pero sólo junto a la nada puedes entender algo.
Y desde lo más profundo creció una canción,
una perla afilada que cortaba el camino de retorno,
de vuelta a un mundo que nunca fue del todo nada;
no puedo hablar de lo que no sé ni saber lo que digo,
sólo disfrutar de la suerte de poder conjugar vida,
de ser parte incrédula de lo que la riada no ahogó.
Desde lo profundo no se acierta ni se falla,
no hay lamentos ni excusas de mal pagador,
sólo un goteo incesante que te abrasa y sonríe,
mientras cuenta tus pocas alternativas al revés
y apuesta por un caballo que nunca debió partir.
Y cuando conoces lo profundo, él te conoce a ti,
es un amigo fiel que viste de asesino,
una pesadilla que tenía que suceder;
eres tú mientras cambias el arma de mano 
para acariciar de nuevo el rocío de la mañana.

9 de diciembre de 2011

Aquí estamos

El camino avanza a través de la corteza herida de la noche
y tras él me desparramo sobre unas mejillas sin maquillaje,
lunas brillantes que prometen que no habrá momento mejor
para robar el corazón del reloj y fundirlo como chocolate.
El tiempo muere de forma distinta cuando no lo matas tú,
fallece con gesto de estrella olvidada por su mejor perfil,
entre camerinos disfrazados con recuerdos mal combinados;
es la presa suicida de una cacería que ya no va a suceder,
como un reptil rendido a las promesas de su propio veneno,
así es el tiempo huyendo cuando tú no aprietas el gatillo.
Porque nos sentimos huérfanos, huéspedes de tu partida,
peleles soñados por mundos que no han nacido todavía,
genética inconsciente levantando una casa de muñecas,
sin padres cautivos de cuentos pobres y malas noticias.
Conduces nuestras manos a los secretos del último cajón
y allí bañamos nuestros bolsillos en puntillas y encajes,
borrachos de mensajes encriptados por una breve ausencia,
como leves enfermedades que prenden señales de aviso,
los obvios rastros de combustible que dejó el incendio
después de trazar el humeante acantilado de nuestros días.
Como testigos de un desastre que vive a punto de pasar,
botas tumbadas tras una batalla de bailarinas salvajes
que te dejan aturdido por la suerte del plato único,
preguntándote qué habría pasado si hubiera pasado,
inventando la nueva liturgia de los que sobreviven,
la melodía que dibujan las horas cuando te acarician,
la enorme fortuna de quien ignora por qué sigue vivo,
rostros surcados por un sol que decidió empezar a matar.
Y aquí, exhaustos por tanta historia en busca de final,
nos tienes al tiempo y a mí, tu más torpe recitador,
pidiendo un último azote antes de irnos a dormir,
para no olvidar que lo mejor sucede sin avisar,
como los instantes que se adiestran a tu alrededor,
fieles guardianes de la luz que es mejor no apagar;
electricidad para una noche de vigilia y calefacción.
Estamos aquí para cantarte lo que no hemos dicho ya.

16 de octubre de 2011

De vuelta de nada

Estamos al fin de una cuerda que nadie fijó,
leve pulsión de un astuto deseo sin memoria,
como el sueño que sólo camina cuando duermes,
fugitivo despeñado por un cuaderno mal cosido.
Recuerdo las historias que nos hicieron nacer,
todos aquellos ojos de papel acosando al vacío,
agotando la reserva de una máquina demente
que recitaba las leyes que llevaron a la guerra.
Ahora sé que nunca estuvimos cerca de nada,
que el peor error fue abandonarnos al engaño;
entre leyendas, miedos y tradición enferma,
precipitados en el blando abismo de la imitación,
en la torpe rima de quien lee sin saber escribir.
He aprendido a olvidar sin haber conocido,
a mentir por premios que no podía nombrar,
y ahora no soy nada que no sea los demás.
Ya no puedo volver atrás y despedirme,
sólo perderme mientras te miro de nuevo,
olvidar que hoy es el último día que cuenta
y dejar que lo imposible nos aterre de placer.
El tiempo de las intenciones se agotó ayer;
junto a los momentos que dejamos volar,
como idiotas entre lamentos programados,
olvidamos que nosotros es todo lo necesario
para ser lo que nunca nos atrevimos a probar.
Coge mi mano, esa que ya no me conoce,
cógeme y apagaré mis ojos sobre la carretera,
recordando los gritos que nos hicieron libres.
Dejaremos escrito lo que perdimos en el fuego
y volaremos lejos de este mundo ya acabado,
para estrellarnos contra los besos salvajes
de los amantes que ardieron antes de huir.
Y entre las promesas de los no esperados,
nos revolveremos con el orgullo del sastre,
armados con libros de moda anfibia,
y conjuras de cortes donde más duele.
Porque llego cansado de esperar siempre,
preparado para descubrirme impaciente,
vengo a ti con la urgencia del que no vuelve,
colgada mi cara junto a las espadas en alto.
Acércate como si quisieras despertarme,
dame todos los besos de buena noches y
atiende al mundo que crece a tu alrededor.
Llévame fuera de aquí, lejos de lo que sé,
sobre un nuevo asfalto al que abalanzarme.

http://politica.elpais.com/politica/2011/10/16/actualidad/1318723006_351096.html

23 de septiembre de 2011

Jackie en Abu Dhabi

Los primeros síntomas que avisan del sentimiento de admiración son pequeñas explosiones de locura, actos de abandono que recibimos emocionados como niños para después olvidarlos como adultos que nunca madurarán del todo. Pasamos página rápidamente sobre aquello que en su momento nos resultó imprescindible, dejando que el tiempo nos devuelva el estado natural de las cosas, como si eso tuviera algún sentido. Miramos hacia el pasado y nos reconocemos novatos, inexpertos ante trucos de magia que ya no se cree nadie; sonreímos con superioridad fingida, nos giramos y volvemos a equivocarnos.

Quizás hubo un tiempo en que las mujeres tuvieron la oportunidad de cambiar este mundo aletargado, dormido sobre esbozos mal trazados por millones de hombres que han ido dejándose caer por aquí con gestos cada vez más aburridos, apáticos arquitectos de nada. Hubo un tiempo en el que existió un género que tomó conciencia de clase; millones de mujeres descubrieron que el poder era una farsa, un premio al alcance de cualquiera.

Quizás el cambio más importante al que asistió el siglo XX fue el que protagonizaron sus mujeres. Se transformó radicalmente lo que significaba no ser un hombre; todo sucedió con una velocidad inédita en la historia. Se luchó por derechos impensables tan sólo décadas antes; la revolución sexual asesinaba por fin la veneración al macho, lo afloraba como un puro manojo de limitaciones, el inservible catálogo de impotencias infantiles que siempre ha sido. Y la mujer avanzaba como el hombre no había sido capaz de hacer durante una eternidad de oportunidades perdidas.


El dolor, la lucha, el sacrificio; todo parecía cobrar sentido cuando la ciencia dejaba de ser una cosa de hombres, cuando la política se vio obligada a escuchar a las mujeres para seguir existiendo. La poesía dejo de hablar de lo bonito que era el amor para detallar el gesto de quien no necesita ser querido. Y todo sucedió en no más de siete décadas, como una fugaz tempestad que arrasaba con todo a su paso; convivió con crisis, guerras y locuras sin retorno, generaciones de mujeres luchadoras sobrevivieron a todo lo que hubiera aniquilado a ejércitos enteros, escribiendo con orgullo una historia que por fin iba a rimar con femenino.

Hubo un tiempo en que las mujeres tuvieron la oportunidad de prender fuego a una herencia infecciosa; en aquellos días, todo parecía posible pero algo falló. Quizás nos equivocamos con nuestros líderes, quizás copiamos a quien no debíamos y creímos historias escritas por niños armados con granadas y cuchillos mayores que sus cabezas. Quizás fue el cansancio de tanta lucha, el terror al último asalto.

Nos convencieron a todos de que la lucha era algo antiguo, pasado de moda; un ejercicio irresponsable e innecesario que nos enfrentaba con nuestras tradiciones más intocables, que traicionaba tantos años de cruces, corsés y derechos de pernada.

Y la sociedad inventó con los restos de la chistera un perfil de mujer aparentemente moderna, cuya máxima aspiración sería casarse de blanco inmaculado con un apuesto individuo que la protegería de todas las alimañas del bosque, el perfecto profeta de un pasado que habíamos superado. Y con la misma velocidad que habíamos conseguido las cosas, las echamos a perder.


Mujeres que habían escalado con manos desnudas la injusta colina de la esperanza se dejaron atrapar por redes que no las merecían. La misma civilización que las había esclavizado en el pasado rediseñó aquellas mismas cadenas y las disfrazó de lujo, moda, revistas femeninas, ramos cayendo del cielo y prostitutas con la imposible sonrisa de Julia Roberts. Lo que parecía una broma se convirtió en la peor de las trampas, la misma que nos ha llevado a creer que el colmo de la independencia es reunirse con unas amigas ruidosas y viajar a Abu Dhabi para rodearse de ricos pretendientes y lucir modelitos carísimos; todo muy inocente, sí señor. Y nos colocamos de nuevo en la casilla de salida.


Pensaba en todo eso cuando leía las divertidas noticias que han desfilado en la prensa a causa de la próxima publicación de unas cintas grabadas por el historiador Arthur M. Schlesinger Jr. y que recogían ocho horas de sus conversaciones con Jackie Kennedy, meses después del asesinato de su marido en Dallas. Parece ser que su propia hija ha decidido que la conmemoración de los cincuenta años del inicio del mandato de su padre era una excusa ideal para desvelar al mundo la personalidad de su madre.

Jackie Kennedy siempre ha sido un lujoso icono de la elegancia; así, escrito, resulta todavía más cómico que si te paras a pensarlo. Icono y elegancia, dos duendes traviesos. Nacemos hambrientos de referencias; primero son nuestros padres y los dibujos animados; después los matones de la clase y demás triunfadores. Durante toda la vida buscamos fuera de nosotros evidencias de nuestras limitaciones, el contraste que justifica la envidia y, de paso, nos condena a no cambiar. Por eso, nos dejamos embriagar por aquellas imágenes que sugieren lo que nunca seremos; la magnética estridencia del exceso.

Sólo hace falta repasar animadamente las opiniones de la señora de Kennedy acerca del papel de las mujeres en la sociedad o su alucinada lectura acerca de Martin Luther King para comprender que tomaron el timón de la nave las manos equivocadas. Si alguien con esa visión de la vida es digna de ser admirada por medio planeta, algo no funciona.


Me pongo en la piel de las muchas mujeres que siguen pensando que un mundo diferente al diseñado por los hombres es posible y veo pasar el tiempo demasiado deprisa. Debo ser el alumno más impaciente de una clase que debería arder en cualquier momento, incendiada por todas vosotras; os debo todo lo que sé. Me ofrezco como escaso combustible a cambio de me regaléis alguna lección más.

Aunque mis formas cansadas y plomizas no me acompañan, soy un enfermo desquiciado por un optimismo incoherente, un delirio que cree que el cambio es la más dulce de las tentaciones; una vez lo pruebas, no tardas en repetir. Ahora ya sabemos qué tenemos que hacer y cómo podemos hacerlo. Que empiece la diversión.


http://www.elpais.com/articulo/opinion/esposa/tradicional/elpepiopi/20110918elpepiopi_1/Tes

http://es.wikipedia.org/wiki/Nancy_Fraser

http://es.wikipedia.org/wiki/Betty_Friedan

http://www.elperiodico.com/es/noticias/economia/una-empresa-considera-que-cuidar-hijo-cosa-mujeres-1156885

23 de julio de 2011

Un monstruo cada mañana

Vivimos lamentándonos en el hueco que nos reserva el escándalo del momento, el reflejo inseguro en una espesa charca en la que cabemos todos; una comunidad que se inclina sobre su imagen distorsionada en un baile acuático escasamente sensual, buscando la verticalidad de una tradición imposible, tras el recuerdo de lo que significaba sostenerse de pie.

Encaramados en el tinglado que nos acercan las noticias, nos disponemos a forzar una sorpresa insostenible; un mal papel interpretado por un actor al que ya no le quedan funciones; y los gestos de sorpresa por resultar creíbles son tan cómicos que te preguntas si realmente esconden alguna esperanza o si, por el contrario, todo se ha convertido en una broma sin fin, en el peor chiste posible.

Todavía pensamos que la mezquindad es algo que se gesta en los sueños; alguien se va a dormir sin asomo de mala fe y se despierta convertido en un monstruo; lo cierto es que es una teoría que nos viene muy bien. Pensar que no pudimos preveer lo sucedido, aligera el sentimiento de culpa y, de paso, nos aparta de asumir ninguna responsabilidad en el estado de las cosas.

Recientemente hemos asistido a dos espectáculos que se esfuerzan por arrancarnos esas máscaras de sorpresa y que demuestran lo mucho que podemos engañarnos, pensando que las cosas nunca tuvieron un ayer, que nunca se fueron a dormir.


Sobre la primera noticia, poco puede añadirse a lo ya visto. No puedo evitar dejar ir alguna carcajada agradecida, pero seamos breves. Supongo que todos estaréis al tanto de lo que ha sucedido con nuestra querida Sociedad General de Autores Españoles; está de más decir que nunca estuvimos en contra de quien decide crear y vive de ello, pero resulta estrambótico afirmar que todo esto ha resultado inesperado; ¿realmente alguien en sus cabales se ha sentido decepcionado o sorprendido por lo sucedido?


Como se suele decir, ahora dejemos que actúen los tribunales porque antes ya lo habían hecho, y con una libertad recaudatoria asombrosa, los que ahora van a rendir cuentas. Algo va a mudarse inevitablemente en la cultura de este país; quizás los primeros que deberíamos cambiar somos sus espectadores, empezando por nuestra curiosa y patria forma de entender el arte. Veremos.


Mucho más interesante me parece lo que está ocurriendo en el imperio de Rupert Murdoch, ese universo de defensa de los valores conservadores, verdadero garante de la moral y las tradiciones; todo un ejemplo de lo que significa el oficio de periodista. Una delicia para el nuevo milenio.


Parece ser que periodistas de News of the World, una de las publicaciones de mayor tirada del grupo, usaron medios poco elegantes para conseguir primicias con las que mantener vivo el morbo voraz de sus lectores.


Entre las estrategias empleadas, se incluían lindezas como la intervención del móvil de una adolescente secuestrada para poder acceder a los mensajes desesperados que dejaban sus padres. Por supuesto, se publicaba lo que iban descubriendo; cuando se llenaba el buzón de voz, lo vaciaban remotamente para permitir que entraran más lamentos, y alimentar con ellos la necesidad insaciable de su público. Además de alimentar falsas esperanzas a la familia, que pensaron que era su hija quien manipulaba el teléfono, entorpecieron las pesquisas policiales. La niña resultó asesinada pero supongo que no deja de ser un detalle sin importancia; parece mucho más escandaloso que se pincharan teléfonos de políticos y otras celebridades. Casi prefiero no entenderlo.


Pero lo más grave del asunto no es ese periodismo vomitivo que nos deleita a cualquier precio; lo realmente chocante es que nos hagamos los ofendidos por lo que se ha descubierto. Toda la opinión pública anda escandalizada porque la mañana nos ha regalado otro monstruo. Y las primicias gestaron la nueva primicia.


Me resisto a pensar que seamos tan estúpidos. ¿Realmente alguien puede reclamar ética a un sistema del que no podemos prescindir? Si queremos exclusivas suculentas, fotografías comprometidas, cotilleos inservibles, bodas reales y divorcios sangrantes; si realmente no podemos dejar de alimentarnos en las cloacas, lo siento, pero este es el precio. Sí, apesta, y escuece cuando lo tragamos, pero es lo que buscábamos cuando bajamos aquí abajo. Basura.

Quizás me pierda algo, pero me cuesta aceptar que nadie se percate de nuestra participación en todo esto. El detestable imperio Murdoch se ha limitado a decorar nuestra habitación; de una forma aberrante, es cierto, pero eran nuestras paredes y ya lucían así ayer por la noche, y la noche anterior. El escándalo ha llegado con el sol de la mañana, pero nada ha cambiado realmente.

Es algo que cuesta aceptar pero se acabaron los lugares donde esconderse. Cada euro, o penique, que hemos gastado en este tipo de prensa, cada minuto que hemos invertido en determinado tipo de programas; todos esos detalles sin importancia han colaborado de algún modo al desastre. Es un crimen que hemos diseñado entre todos; al día siguiente del cierre de News of the World, su competencia en el reparto de basura incrementó proporcionalmente sus ventas hasta ocupar el hueco dejado. Seguimos hambrientos.


Deseo que Murdoch, Brooks y compañía paguen por las miserias que han esculpido, por el dolor que han causado; pero ahí no acaba todo. Me gustaría no poder pegar ojo mientras me pregunto con tristeza y un grado importante de hipocresía distante, si no tendríamos que acompañar a esos dementes en el banquillo; probar la amargura de nuestros actos en el mismo momento en el que dejan de resultar inofensivos.


Pero ya conozco mi historia; palabras y más palabras. Sé que acabaré por asumirme y caer dormido. Mañana volveré a repetir la expresión de atónito sorprendido que tanto he ensayado; sonreiré convencido de nada. Mañana volveré a actuar como si nadie escribiera las noticias para mí.



Para recordar que todos formamos parte de la solución, The Staple Singers (a día de hoy, Mavis Staples sigue coreando la lucha con más de 70 años). Freedom Highway.




Y, por qué no, Nina Simone. Amo a esta mujer porque siempre consigue hacerme llorar de pura alegría. No tengo palabras.


15 de junio de 2011

La cura del amor

Cuando ya no pregunte, déjame de querer,
sin la compasión del que sabía hacerlo mejor,
con la calma de quien conoce todos los trucos.
Cuando deje de preguntar, escóndeme del destino,
bájame al desván de las cosas recién antiguas y
acúname en el vacío, junto a aquellas promesas
que aprendieron a vivir en el polvo de mi sonrisa.
Si un día cambia mi nombre, no me llames más,
olvida a las sirenas y zarpa hacia el horizonte,
rumbo al exquisito principio de las historias de amor,
atrapando el mapa con un puño de decisiones tomadas;
y si ya no adivino como ser yo, recuérdame sin piedad,
aplastando tu preciosa nariz contra mi vieja mejilla,
susurrando las razones que me apartaron de nosotros.
Cuando ya no diga nada bonito, rómpeme los dedos,
enséñame a contar cuánto se tarda en perderlo todo,
con la torpe alevosía que escupe las balas mojadas,
rebotado entre planes imperfectos y giros de guión,
aturdido mientras los huesos no aciertan ni al partir.
Cuando te deje de pedir, cállame sobre el diván,
sobre la escasa tela de las palabras que evitamos,
entre las verdades piadosas y la perfecta ilusión,
retorno al pasado que no aprendimos a habitar.
Y si ves que se relaja la tensión en mi mirada,
no confíes en campanas que no volverán a sonar;
quedará el estruendo de un ejército de perdón
armado de poetas sin manos, pies ni cabeza.
Si algún día me sorprendes sin mi disfraz,
no sospeches que las cosas puedan ir peor,
sólo mírame tiernamente a los ojos y sonríe,
con el brillo del corazón que todavía late,
coge de vuelta la calle que nos trajo hasta aquí
y no te pongas triste por lo que dejamos atrás,
a veces la palabra más preciosa puede ser adiós.
Creo que nunca nada se hace sin querer,
sólo esperamos no dejar de ser queridos.
Las cosas importantes sólo cambian de noche;
tú y yo lo sabemos, no hay cura para el amor.

25 de mayo de 2011

Un mal despertar

Nos educamos en el arte esquivo de no mirar, buceamos anclados a un barco lleno de excusas; nos precipitamos hacia el fondo, a través de golpes de agua que quema, en caída libre, inspirados por la promesa de que todo va bien. Si intentas destacar tu cabeza por encima de esa almohada de gotas de agua, pronto descubres que las mareas son implacables con quien no sabe leerlas; su danza se vuelve caprichosa y te convence de que, sin sabes navegar, no hay lugar mejor que el viejo fondo del mar. Y allí seguimos durmiendo, paralizados.

Resulta difícil soñar con volver a respirar cuando te acostumbras a masticar agua; intento convencerme de que no vale la pena, de que el sueño del bardo esconde un interés que sólo le pertenece a él; mejor no moverse y seguir respondiendo al bien común. Las cosas como son; siempre.

Y desde esa torre de marfil de origen certificado, atendemos a los recientes movimientos de gente que ya no puede respirar con la superioridad del señor feudal; despreciamos las alternativas porque construyen nuevas reglas, llagan los dogmas que hemos conseguid aprender de memoria. Todo se ve tan pequeño desde la atalaya.

Porque seguimos sobreviviendo entre las líneas del poema de Martin Niemöller, aquel que nos avisaba de que algún día nosotros seríamos los perseguidos, y entonces nadie diría ni una palabra por nosotros, como nada dijimos por los que fueron perseguidos antes que nosotros.

Miramos con sorpresa las manifestaciones que han ocupado nuestras plazas durante unos días; las miramos con incredulidad, con molestia y, sobre todo, con sabio escepticismo. Sabemos que no durarán demasiado, que es una muestra que no llegará a incomodar a nadie de verdad; sabemos que quedará como una anécdota que mañana habremos olvidado. Y eso nos tranquiliza, mientras releemos absortos los enésimos resultados electorales. Así de mezquinos nos hemos vuelto.

No nos vemos reflejados en esos movimientos porque los observamos como si fueran animales extraños, fugas que huyen a través de una anomalía no prevista del sistema. Y quizás sean eso, aisladas paradojas que demuestran la falta de lógica de una sociedad anciana en sus convicciones, antigua en su nula capacidad de aprendizaje; una cultura vacía por la voracidad de unas tradiciones ridículas que no aportan nada más que la repetición del aburrimiento.

Y te acercas disimuladamente a esas manifestaciones indignadas, apretando fuerte entre las manos la vacuna para una enfermedad que no existe, con la cautela de quien no quiere ser contagiado por el flujo de la responsabilidad.


Lo que ves cuando llegas allí es gente de todas las edades, de toda condición, personas que no necesitan gritar para lanzar consignas contra unas ciudades incapaces de escucharse a sí mismas. Y, si te queda algo de sangre en las venas, te planteas qué es lo que te aleja de ellos; lo piensas y Niemöller te aprieta las entrañas.


Pero ya somos perros viejos; te revuelves, agotas la fuerza de quien no quiere perder lo que ya no tiene y cierras los ojos ante la evidencia. Te giras, tomas la primera calle que te aleja de todo aquello y compruebas que no haya el más pequeño rastro de olor que te delate ante tu manada, que nada indique dónde has estado. Llegas a tu casa, besas a tu mujer, abrazas a tus hijos, y vuelves a cerrar el ataúd. Como si nada hubiera pasado.

Se nos llena la boca bramando que sus reivindicaciones son inocentes. Lo siento, a estas alturas, las impresiones resultan totalmente intrascendentes; quizás sería mejor plantearse el porqué de su absoluta vigencia. Que el voto en blanco o la abstención tengan valor en un sistema electoral que roza el esperpento, que los causantes de la crisis financiera no acaben siendo los únicos beneficiados por la misma, que las oportunidades no tengan códigos genéticos indescifrables; quizás, que todo no apeste a no conseguido una y mil veces.

No me importa si estas concentraciones duran dos o dos mil días, si están bien organizadas o si arrojan mensajes claros. No me importa la opinión de las vociferantes cavernas de este país, con sus anacrónicos clichés cómicos acerca de extremismos, terroristas y payasos deformes. Lo único que alcanza a importarme esta mañana es que me he despertado con medio cuerpo dormido, como si perteneciera a otra persona que nunca conoceré.

Hoy me he levantado medio olvidado y creo que es demasiado tarde para aceptar que todo aquello valía la pena; demasiado tarde para intentar despertar de nuevo. ¿A alguien le pasa lo mismo?



17 de abril de 2011

Desvelado

Escondidos en el sucio hueco de los susurros,
entre nuevas reglas y los espejos de siempre,
esperando la próxima mentira del torpe domador,
con el falso respeto de quien no sabe apuntar;
ahogados por la portada de nuestro pobre pesar,
somos instantáneas abiertas de sonrisas irritantes,
de racino ardiente, cuchillas y lenguas de trapo,
fugitivos de la lógica perversa de la novedad;
excitados como perros ciegos oliendo un pajar,
con la experta mano de quien ya mató una vez;
vivimos las pobres excusas del traidor amable,
labradores de sueños que nacieron mal y tarde,
sin la pena de quien sabe que algo se perdió,
desde la soberbia del niño que crece al revés,
desvelado el timo de la helada primavera,
conocimos las verdades que se echaron a perder
con los mezquinos profetas de la mala nueva,
muertos de hambre cautivos del veneno social,
tras la insana necesidad de tragarse el huracán,
junto a la ignorancia en el fondo del pantano,
volcados sobre la importancia de ser el primero,
con las manos cortadas por la sangre y el calor,
sin espacio para el recuerdo que pudimos guardar,
fingidos besos abultados y gargantas que se hunden.
Y es así como toca vivir a este lado del muro,
sin la esperanza que te regala la diferencia,
con el diseño de la felicidad de tenso encaje,
reunidos en el volcán de la libertad vigilada,
devorando fotografías que saben a cianuro,
rayando los días que se alejan de lo evidente.
Pero eso no es todo porque nunca nada lo es;
sé que hay vagabundos que huelen la lluvia,
maestros del disfraz que te alegran la vista,
hay gente que ya nunca dispara para fallar,
poetas de la confianza en tiempos extraños,
que han vencido a la red de las expectativas,
esquivando el papel que aguarda en el cajón,
bajo miles de insectos fetichistas del rumor.
Y ése es el único signo que le queda al cariño,
saber que siempre escogemos nuestras palabras,
sobre las que se alza sin intención de ser vista
la patria de los que decidimos quedarnos fuera,
ajenos a tu viejo tinglado de naipes mojadas.

27 de marzo de 2011

Anónimos, guitarras y mermelada de perlas

El anonimato es el bálsamo de la decepción, un muro que te aparta del vecino que no existe. Es intimidad culpable y libertad a punto de caramelo; te alejas del universo de los nombres para soñar con el abrazo cálido de la oscuridad planeada. Pienso en la timidez, sí, pero también en las posibilidades de vivir sin ser visto; ajeno a esa necesidad de significar algo diferente, lejos de la exhibición de los gestos. Y ese escuálido espacio se muestra algo único y esencial, la expresión decidida que nos desata de la necesidad de dejar huella.

Es un mundo crecido sobre anónimos y gente hambrienta de imagen; en Internet, estos moradores se miran cara a cara y se entienden de un modo extraño, como dos hermanos que se reencuentran buscando una misma cosa pero que sólo se reconocen cuando entienden que hay miles de cosas parecidas que se llaman de formas distintas. Porque el escondido anónimo necesita ser observado como el que lo reclama a voces cada día en el neurótico bosque de las redes sociales. Les une una misma insatisfacción, quizás les separa la ambición de trascender.

Internet se inunda con millones de transeúntes que vagan alucinados en busca de un lugar que puedan llamar hogar. Somos muchos los que hemos escogido practicar nuestro alto en el camino en este particular rompecabezas, un encaje de bolillos que resulta incomprensible si te detienes a pensarlo. Quizás la esencia de internet resida en esa capacidad poliédrica de dar cobijo a locos animales de mil especies; quizás sólo nos mueve una enervante necesidad de mostrarnos a nosotros mismos como aquello que nunca llegaremos a ser. Quizás, después de todo, no sea más que el rincón donde podemos soñarnos.

Nuestro sentido se resume en un perfil, en algo que, por fin, sólo depende de nosotros; escogemos imágenes que no somos, nombres que no tenemos, aficiones que desconocemos, y edificamos un imperio dedicado en exclusiva a la exhibición de aquello que deseamos que el resto vea en nosotros. Por supuesto, todo esto poco o nada tiene que ver con la realidad, pero nadie se resiste ante la seducción del complejo de dios.

Amagamos nuestras evidencias tras alias, avatares, diseños imposibles; sabedores de lo que estamos haciendo, incapaces de vivir en ningún otro sitio. Hace años se hablaba del mundo virtual, hoy ya nos encontramos ante una realidad consciente donde siempre puedes encontrar un lugar para colgar tu significado. Vivimos en Facebook, en Twitter, en la blogosfera, en Flickr, en Youtube. Nuestra identidad sobrevive esparcida sobre esas sábanas, en una habitación donde, entrelazados en una danza viral, respiran sueños, ingenuidad, mentiras, talento, abuso, arte, inmadurez y un dulce aroma a esperanza imposible. Quienes aparecemos de alguna manera reflejados en ese tinglado queremos todas esas cosas, somos todas esas cosas y, al fin, perecemos, por todas esas cosas. Es un clima muy curioso.

En todo ese delirante lienzo de posibilidades infinitas, mis preferencias se debaten entre la flexibilidad alucinante que inunda la blogosfera, el monumento al talento hilarante en que se está convirtiendo Youtube y los instantes de belleza que pueblan Flickr. Porque, en ellos, la participación de sus pobladores suele ir más allá del relato efímero de momentos que caducan. Reconozco en Facebook y Twitter la capacidad explosiva de su contagio; su papel en las revueltas árabes ha demostrado que la información en los conflictos ya no tiene dueños, sólo víctimas que merecían una voz.

Naufragado el otro día en alguna de las orillas de Youtube, descubrí una pequeña píldora que me hizo pensar en todo esto. En Ten, el enorme primer disco de Pearl Jam, aparecía Alive, monumento libre y expansivo al Rock mejor entendido; significaba la madurez de un estilo en manos de un grupo tan joven como sabio en su poder.

Siempre ha sido mi canción preferida de Pearl Jam, y quizás la razón más perdurable que lo justifique es el increíble, alucinante, solo de guitarra de Mike McCready; complejo, profundo, armónico, poderoso, sangrante. Suelen agotarse los adjetivos cuando te refieres a algo único; desde luego, este momento lo es.

Tras las opacas reglas de Youtube, descubrí a un anónimo que decidió que recrear la magia; apareció en la playa con su guitarra, sin rostro, tomando un lugar privilegiado en los homenajes inesperados. Cualquiera que se haya acercado a la adicción de las seis cuerdas de una guitarra sabe que el solo de McCready es un reto muy especial, algo a conseguir; un amigo al que siempre consideré un gran músico, me reconocía que conseguir tocar esta canción te señala por fin como un buen guitarrista. Supongo que esas manos pertenecen a alguien que lo debe ser.


Y el original; la herencia de Jimi Hendrix en su máximo esplendor. Inmenso, McCready... y qué sexy es Eddie Vedder; un consejo, perseguid el solo de guitarra, aunque la cámara se empeñe en rendirse a los pies de Vedder.