Una mañana me desperté sin recordar haberme ido a dormir. Era algo tan extraño, tan doloroso, que parecía propio de alguien que todavía seguía con vida. Me sentía tan cansada que mis huesos parecían no haberme pertenecido nunca, como si me los hubiera prestado alguien para una fiesta que nunca se celebró. Todavía hoy me siento como entonces, como si algo estuviera pendiente.
Lo que sí alcanzo a recordar es la noche en que me arrancaron de casa, aquella misma casa donde vivía mi padre, como un animal escondido en un rincón imposible entre el lavabo y la cocina; no recuerdo la cara de mis hijos pero supongo que se despertaron. También recuerdo el aburrimiento con que apretaron el gatillo: lo habían hecho ya tantas veces antes que ni disfrutaban con ello; aún no entiendo de dónde pudo salir todo aquel odio.
Pero todo cuanto pueda explicaros de poco sirve para saber por qué me han dejado dormir durante tanto tiempo; tampoco recuerdo quién me puso este vestido anclado en otra época. Supongo que el problema es que sigo sin saber en qué se supone que soñamos los muertos.
Descubrí que no estoy sola aquí porque en el pasillo viven voces. Hay otras puertas que se abren y se cierran, gente caminando con dificultad, arrastrándose. Son gente como yo, gente que ya no vive pero que sabe que quiere marcharse de aquí. Hay puertas que se abren, pero la mía sigue cerrada y estas paredes me están devorando poco a poco.
En ocasiones, oigo llorar a otros muertos a través de las paredes, pidiendo ayuda a sus verdugos; cada vez que una puerta se abre, el sollozo baja de volumen por unos instantes, pero los llantos que vuelven lo hacen con una tristeza que parecía imposible.Yo no lloro, sólo me duele.
Hace un rato he escuchado la conversación de dos individuos que se apoyaban en mi puerta y ahora sé nunca saldré de aquí. Hablaban sobre mí y mi dictadura, nuestra dictadura, incluso han introducido una llave en la cerradura; todo se ha parado, y uno de ellos ha dicho contra mi puerta, hablando con un muerto, que era mejor no abrir, que lo pasado, pasado está… estoy segura de que no ha visto mi vestido. Creo que he sangrado cuando ha deslizado la llave en su bolsillo.
Porque me duele, yo no estoy loca. Sé que mis hijos no recuerdan a su madre, sé que mi padre murió en aquel rincón y también sé que el mundo se comporta como si yo nunca hubiera existido, pero somos demasiados aquí y siempre hay caminos que puedes recorrer. Si otras víctimas más recientes pueden abandonar sus habitaciones, nosotros también lo haremos; hace mucho más tiempo que estamos aquí y la noche ha sido demasiado larga.
Y si no nos permiten alcanzar esa puerta y abrirla, entre todos inventaremos alguna triste canción, que será para siempre nuestro canto, el himno sin patria de aquellos que no queremos volver a morir. Y nadie que lo escuche podrá olvidarlo jamás... al menos eso nos gusta pensar aunque sabemos que nunca sucederá, porque este país ha decidido olvidar su pasado y a todos nosotros. Gracias por nada.
2 comentarios:
la memoria historica, lo tienes claro con el pais que tenemos. Escribes muy bien
Muchas gracias; lo cierto es que se habla de eso, pero también de la facilidad cómo nos olvidamos de lo que no nos molesta... seguimos caminando pensando que estamos construyendo algo mejor que lo que pretendemos olvidar, supongo; al menos es lo que quiero pensar.
Publicar un comentario