10 de febrero de 2013
Un final
Puedes caminar toda una vida tras un final, pero, a veces, el final sencillamente te encuentra a ti. Cuando eso ocurre, lo mejor que puedes hacer es aprovechar el imprevisto, sonreír y disfrutar con la melodía de la escasa importancia.
Este rincón se apaga aquí.
Y, entre humo de velas a medio consumir, os agradezco la compañía, maestros silenciosos. Han sido cinco años de intenso placer. Gracias y hasta otra.
28 de diciembre de 2012
Motores de repetición
Cuando deslizas tu atención desde tu ombligo a lo que te rodea, te conviertes en algo que nace para mantenerse lejos de ti. Es complicado no caer en la nostalgia y devolver las cosas a su inicio, convencido de que no hay hogar lejos del calor de nuestra comodidad. Siempre había disfrutado de estos viajes químicos sin garantía de retorno, pero últimamente algo está pasando y los mecanismos de la diversión se me han averiado. No me preocupo porque todo procede del cambio y sólo la mentira dura para siempre; pero no puedo evitar inquietarme por esa sensación de soledad que acude donde antes habitaba el estruendo de las hadas del azar.
Debe ser algo relacionado con el paso del tiempo, mal cosido a una edad que no avanza de forma lógica; debe ser algo que tiene que ver conmigo, pero cada día se me hace más difícil descifrar las coordenadas que significan pertenecer a un lugar; cuanto más me esfuerzo por encajar, más se estrecha mi espacio, más se complica la combinación ganadora. Y nadie tiene la culpa; a menos que ese nadie sea precisamente yo.
Aquella avería algo tendrá que ver con que nuestras historias son cada vez más nuestras y menos historias; antes crecían cuando saltaban de mano en mano, como tesoros de cristal que podían partirse en mil pedazos, bajo la atenta mirada de quien recogía el testigo, muchas veces inútil y medio roto, pero inmenso en su momento.
Sin embargo, me cuesta girarme hacia el pasado con nostalgia porque es algo que no puede cambiar, algo que se puede entender. Prefiero perder horas viendo cómo se suceden las cosas para estar presente cuando se produzca la magia; porque siempre ocurre una canción, un momento en la pantalla, un paraíso entre dos versos… siempre pasa algo. El problema es que se nos agotan las personas atentas a lo fabuloso, porque la fábula exige todo de ti; sólo así evita hacerse pedazos mientras pestañeamos.
Pierdes un instante en escuchar a la clase política de este país, deslizas tu parsimonia letal sobre la programación de la televisión, te meces en el último local de moda o te espabilas para convertirte en motivo de conversación. Da igual lo que decidas hacer, porque alguien lo habrá hecho antes que tú y alguien volverá a hacerlo cuando tú acabes. Somos piezas martilleantes de un teatro aburrido y previsible del que todos somos protagonistas.
Y es curiosa la reacción que reservamos al que se aparta del diseño, al que amenaza con imaginar algo distinto; el sarcasmo es el lubricante que hace funcionar la maquinaria. Ridiculizamos al soñador y olvidamos que nosotros mismos dejamos de soñar en algún momento; y la perspectiva es triste porque ni decidimos dejar de hacerlo. Ahora preferimos juzgar, desde la seguridad de ser todos iguales.
Escuchaba el intenso discurso que Barack Obama dio después de la matanza de Newton; en él dijo algo que me gustó mucho: “no podemos aceptar que estos hechos se conviertan en una rutina; como país podemos hacerlo mucho mejor”. Estaba hablando de la posesión de armas y cómo se está desangrando la felicidad de su país. Por supuesto, es un tema intocable para la nación, pero decidió pronunciar las palabras adecuadas en el momento necesario. Desconozco si conseguirá cambiar algo, pero no calló; y eso es mucho, sobre todo si lo comparas con nuestra patética raza política.
Serán muchos los que dirán que de poco sirvió, más los que le acusarán de lamentarse con lágrimas populistas; serán muchos los que le acusarán de demagogia. Pero también somos muchos los que no hacemos nada, sólo hablamos (o escribimos), protegidos por la tranquilidad de nunca tener que arriesgarnos. Es muy fácil mirar sin ser visto; casi tanto como opinar.
Nos olvidamos del poder de las fuerzas evidentes; tenemos que empezar a incomodarnos. Deberíamos automedicarnos con dosis adictivas de provocación porque en ella late el cambio, con ella nace la implicación en un tiempo que necesita de nuestra ayuda para comprenderse a sí mismo.
Estaba pensando en el próximo año y no sabía que desear, hasta que vi esa obra tan desesperada y destartalada que es Holy Motors, irónico reflejo alucinado de lo imposible que es ser diferente cuando nos resistimos a imaginar.
El lamento es el primer error del camino, así que he decidido unirme a estos desastrosos trobadores de melodías profanas. La vamos a liar. Trois, douze… merde !!!
Debe ser algo relacionado con el paso del tiempo, mal cosido a una edad que no avanza de forma lógica; debe ser algo que tiene que ver conmigo, pero cada día se me hace más difícil descifrar las coordenadas que significan pertenecer a un lugar; cuanto más me esfuerzo por encajar, más se estrecha mi espacio, más se complica la combinación ganadora. Y nadie tiene la culpa; a menos que ese nadie sea precisamente yo.
Aquella avería algo tendrá que ver con que nuestras historias son cada vez más nuestras y menos historias; antes crecían cuando saltaban de mano en mano, como tesoros de cristal que podían partirse en mil pedazos, bajo la atenta mirada de quien recogía el testigo, muchas veces inútil y medio roto, pero inmenso en su momento.
Sin embargo, me cuesta girarme hacia el pasado con nostalgia porque es algo que no puede cambiar, algo que se puede entender. Prefiero perder horas viendo cómo se suceden las cosas para estar presente cuando se produzca la magia; porque siempre ocurre una canción, un momento en la pantalla, un paraíso entre dos versos… siempre pasa algo. El problema es que se nos agotan las personas atentas a lo fabuloso, porque la fábula exige todo de ti; sólo así evita hacerse pedazos mientras pestañeamos.
Y es curiosa la reacción que reservamos al que se aparta del diseño, al que amenaza con imaginar algo distinto; el sarcasmo es el lubricante que hace funcionar la maquinaria. Ridiculizamos al soñador y olvidamos que nosotros mismos dejamos de soñar en algún momento; y la perspectiva es triste porque ni decidimos dejar de hacerlo. Ahora preferimos juzgar, desde la seguridad de ser todos iguales.
Escuchaba el intenso discurso que Barack Obama dio después de la matanza de Newton; en él dijo algo que me gustó mucho: “no podemos aceptar que estos hechos se conviertan en una rutina; como país podemos hacerlo mucho mejor”. Estaba hablando de la posesión de armas y cómo se está desangrando la felicidad de su país. Por supuesto, es un tema intocable para la nación, pero decidió pronunciar las palabras adecuadas en el momento necesario. Desconozco si conseguirá cambiar algo, pero no calló; y eso es mucho, sobre todo si lo comparas con nuestra patética raza política.
Serán muchos los que dirán que de poco sirvió, más los que le acusarán de lamentarse con lágrimas populistas; serán muchos los que le acusarán de demagogia. Pero también somos muchos los que no hacemos nada, sólo hablamos (o escribimos), protegidos por la tranquilidad de nunca tener que arriesgarnos. Es muy fácil mirar sin ser visto; casi tanto como opinar.
Nos olvidamos del poder de las fuerzas evidentes; tenemos que empezar a incomodarnos. Deberíamos automedicarnos con dosis adictivas de provocación porque en ella late el cambio, con ella nace la implicación en un tiempo que necesita de nuestra ayuda para comprenderse a sí mismo.
Estaba pensando en el próximo año y no sabía que desear, hasta que vi esa obra tan desesperada y destartalada que es Holy Motors, irónico reflejo alucinado de lo imposible que es ser diferente cuando nos resistimos a imaginar.
El lamento es el primer error del camino, así que he decidido unirme a estos desastrosos trobadores de melodías profanas. La vamos a liar. Trois, douze… merde !!!
27 de noviembre de 2012
La nostalgia del monstruo
Si un día decidiéramos olvidar lo que todavía no podemos recordar, se esfumaría también el camino de vuelta a casa, porque los caminos, y la casas, sólo lo son cuando que han sucedido; y ocurrieron porque el tiempo necesitó en algún momento que estuvieran allí, para explicar un millón de casualidades, ocurrencias habladas en idiomas imposibles, historias que no necesitan tenernos en cuenta.Nos gusta soñar que somos mundos a punto de suceder pero sólo somos fruto del azar. Somos lo que el viento decide no olvidar.
Resulta fascinante pensar en todo este desajuste de relojes locos. El destino nunca existió; un brillante ausente, infectado por la misma broma cósmica que las religiones, fallecido mientras intentaba volver a explicarse.

Y nos asombramos cuando los posos del café no devuelven nada, pero sólo merece estar escrito lo que puede borrarse. Y allí, huérfanos de dioses y argumentos, nos preguntamos qué va a ser de nosotros, como si de golpe hubiéramos dejado de contar; pero no es así. Quizás seamos culpables de todo, pero también los únicos héroes que quedan con vida.
Precisamente en estos pantanos habita Looper, virguería plagada por aquellos héroes devorados por el tiempo, arrojados contra un pasado que todavía no ha sucedido. Los loopers ejecutan a gente enviada desde un futuro donde el asesinato ha sido prohibido. Se trata de una profesión salvaje en un mundo que no lo es menos, pero todo tiene su retorno.

Estos asesinos a suelo tienen una fecha de caducidad que no significa su muerte, sino la constancia de que llegará un final ya aceptado. Cuando llega el momento, ellos mismos son enviados desde el futuro para que su propio “yo” más joven acabe con su vida, cerrando el ciclo de un encargo sin trampas.
Joe, encarnado por Bruce Willis, es uno de esos loopers; vuelve al presente con la intención de cambiar un futuro que se niega a aceptar. La relación entre este enviado desesperado y su joven némesis asesina, interpretada por Joseph Gordon-Levitt , ocupa la primera parte de la película y contiene algunos de los mejores momentos del cine fantástico de los últimos años.
Pero lo realmente interesante sucede cuando la trama gira totalmente sus intenciones, reduce su ritmo y se centra en la triste historia de un niño llamado a ser algo que supera lo imaginable y que concentra la ira del personaje de Willis, convencido de que, matando a esa extraña exageración del sistema, cambiará cuanto tiene que suceder.

Inconscientes de la tragedia de su propio futuro, los dos Joe se enfrentan por la vida de ese niño, apareciendo de nuevo el conflicto entre dos tiempos, entre dos formas de vida que nunca llegarán a entenderse; y así se cierra el último círculo en una película construida sobre intensas idas y venidas alrededor de la idea de evitar lo que no quiere ser cambiado.
Rian Johnson consigue crear una obra mucho más profunda de lo que aparenta, jugando con lugares comunes de la ciencia ficción pero construyendo una reflexión ejemplar sobre nuestra influencia en el nacimiento de los monstruos. Aconsejable como pieza de entretenimiento perfecta, pero imprescindible por su necesidad de ser diferente.
19 de octubre de 2012
23 de septiembre de 2012
18 de agosto de 2012
Lo que no te esperas
El truco debe mantenerse al margen, amagado en la selva de los significados. La magia sólo tiene sentido si huye de los nombres. Por eso los mejores momentos siempre se parecen a un seductor cargado de sorpresas, un amante imprevisible que agota tus sueños noche tras noche, con miles de combinaciones imposibles que clausuran la sonrisa de tu gesto y te congelan en una espera nerviosa que espera un beso, una caricia que siempre estalla en el rincón menos esperado.
A veces te preguntas qué esperas de la vida y piensas que descubrirlo te solucionará algo diferente a un acertijo sin salida. Yo ya me he dejado de hacer preguntas, por si acaso. Hoy por hoy, sólo hay una cosa que realmente me despega del letargo, es lo inesperado, la provocación de los instantes no planeados sigue manteniéndome alerta, intrigado, hambriento. Y necesitas comer para seguir con vida.
Porque la brillantez de los que te rodean es combustible de tus propias ilusiones, una razón para renovar las ganas de sonreír. Aunque no te pertenezca, estar cerca de la genialidad te hace sentir alguien querido por las circunstancias que te han tocado vivir. Estás vivo porque estás aquí y ahora.
En la cultura, esa facultad de provocación siempre es motivo de alegría; cada vez estoy más seguro de que lo extraño, la sorpresa, incluso a veces lo inaceptable o lo incomprensible, componen la melodía del mejor arte, aquel que perdurará en la memoria y que no deja de transformarse en algo diferente cuando vuelves a él. Supongo que, después de todo, ese es el motivo final que sostiene las mejores obras, la seguridad de que puedes volver a casa cuando quieras, pero que lo que encontrarás nada tiene que ver con lo que dejaste, aunque, de un modo casi mágico, volverá a ser tu hogar.
Todo esto me sucede con músicos, escritores, cineastas y demás acróbatas de la creación inestable, gente que nunca conocerás pero que te han convertido en lo que eres; gente a quien se lo debes todo.
Me sucede con Quentin Tarantino porque traspasa los límites de la demencia artística, disfruta provocando, parece sólo someterse a su voluntad y, muy probablemente, esté absolutamente loco. Es alguien a quien quieres tener cerca, por lo que pueda pasar.
Dueño de una filmografía admirable, donde la libertad campa a sus anchas y la iconografía, más que un detalle, es el motivo mismo de su apuesta, Tarantino siempre ha sido reconocido como un buen guionista y un excelente escritor de diálogos; es cierto, pero no lo es menos que estamos ante un director superlativo, un creador que mantiene vivo el descontrol de un niño que acaba de descubrir un juguete prohibido; actúa como si el cine fuera algo nuevo, un disfraz de mil capas a medio usar. Incluso en sus peores momentos, que también los tiene, da la sensación de hacer lo que la da la gana.
Acusado de violento, de superficial, de excesivamente auto-referencial… todo eso es cieto, pero llevando al extremo todos esos elementos ha conseguido que estemos hablando de uno de esos pocos autores que dictan el futuro de una forma personal, fuera de las normas. Lo único que lo aleja de ser un maldito objeto de culto es que, además, le acompaña el éxito.
Uno de los muchos detalles que delatan que has ingresado en el universo Tarantino es el uso arrollador que hace de la música; exprime el concepto de banda sonora para crear un rompecabezas que parece existir sólo en la mente de los personajes, como si las canciones que desfilan por sus películas compusieran la música que esos pobres diablos necesitarían escuchar en un preciso momento; porque esos intantes son más importantes por lo que significan para esos personajes que por lo que puedan impactar al espectador. Ese es el acierto.

Resulta difícil escoger alguna de sus películas porque todas esconden momentos sublimes, estallidos de genio que significan más que otras películas completas. Es un romántico que se muestra mucho más orgulloso del camino que de la victoria final.
Pienso en el impacto que me generó Pulp Fiction y en cómo he vuelto sobre ella muchas veces y sólo hace que crecer. Recuerdo la descarga de adrenalina que supuso Rerervoir Dogs (no lo olvidemos, su primera película) o la tensión inhumana de la secuencia inicial de Inglorious Bastards.
Pura devoción en forma de regalo es lo que le entregó a Uma Thurman con Kill Bill, desacomplejada epopeya pop, festín imposible de imágenes donde la historia cuenta poco, pero los personajes crecen cada vez que pronuncian una palabra.
Porque ése es el truco final de Tarantino, sus juguetes. Arranca interpretaciones increíbles a actores que no lo son tanto (John Travolta, Bruce Willis, Michael Madsen la propia Uma Thurman), y lo hace a fuerza de inteligencia salvaje en el diseño de personajes, esculpidos a fuego sobre diálogos chocantes, pero coherentes hasta la enfermedad.
Para Tarantino no existen los personajes secundarios, todos ellos se adueñan de las circunstancias de la película en algún momento, capaces de cambiar nuestras expectativas con una mirada o un gesto afilado. Precisamente su obra más prescindible, Death Proof, lo es porque el director decide no enamorarse de sus criaturas.
Quizás sus películas no sean perfectas, quizás por eso sean tan grandes. Sea como sea, una cosa está clara, gente como Tarantino, siempre queda un motivo para tomarse una copa más, algo de lo que hablar o un último beso de que dar. La poesía que se esconde detrás de lo inesperado es el brillo de unos ojos que no piensan cerrarse. Por si acaso, sólo por si acaso.
Y le trailer de su próxima película, Django Unchained; prometiendo otra descarga para el recuerdo:
A veces te preguntas qué esperas de la vida y piensas que descubrirlo te solucionará algo diferente a un acertijo sin salida. Yo ya me he dejado de hacer preguntas, por si acaso. Hoy por hoy, sólo hay una cosa que realmente me despega del letargo, es lo inesperado, la provocación de los instantes no planeados sigue manteniéndome alerta, intrigado, hambriento. Y necesitas comer para seguir con vida.
Porque la brillantez de los que te rodean es combustible de tus propias ilusiones, una razón para renovar las ganas de sonreír. Aunque no te pertenezca, estar cerca de la genialidad te hace sentir alguien querido por las circunstancias que te han tocado vivir. Estás vivo porque estás aquí y ahora.En la cultura, esa facultad de provocación siempre es motivo de alegría; cada vez estoy más seguro de que lo extraño, la sorpresa, incluso a veces lo inaceptable o lo incomprensible, componen la melodía del mejor arte, aquel que perdurará en la memoria y que no deja de transformarse en algo diferente cuando vuelves a él. Supongo que, después de todo, ese es el motivo final que sostiene las mejores obras, la seguridad de que puedes volver a casa cuando quieras, pero que lo que encontrarás nada tiene que ver con lo que dejaste, aunque, de un modo casi mágico, volverá a ser tu hogar.
Todo esto me sucede con músicos, escritores, cineastas y demás acróbatas de la creación inestable, gente que nunca conocerás pero que te han convertido en lo que eres; gente a quien se lo debes todo.
Me sucede con Quentin Tarantino porque traspasa los límites de la demencia artística, disfruta provocando, parece sólo someterse a su voluntad y, muy probablemente, esté absolutamente loco. Es alguien a quien quieres tener cerca, por lo que pueda pasar.
Dueño de una filmografía admirable, donde la libertad campa a sus anchas y la iconografía, más que un detalle, es el motivo mismo de su apuesta, Tarantino siempre ha sido reconocido como un buen guionista y un excelente escritor de diálogos; es cierto, pero no lo es menos que estamos ante un director superlativo, un creador que mantiene vivo el descontrol de un niño que acaba de descubrir un juguete prohibido; actúa como si el cine fuera algo nuevo, un disfraz de mil capas a medio usar. Incluso en sus peores momentos, que también los tiene, da la sensación de hacer lo que la da la gana.
Acusado de violento, de superficial, de excesivamente auto-referencial… todo eso es cieto, pero llevando al extremo todos esos elementos ha conseguido que estemos hablando de uno de esos pocos autores que dictan el futuro de una forma personal, fuera de las normas. Lo único que lo aleja de ser un maldito objeto de culto es que, además, le acompaña el éxito.
Uno de los muchos detalles que delatan que has ingresado en el universo Tarantino es el uso arrollador que hace de la música; exprime el concepto de banda sonora para crear un rompecabezas que parece existir sólo en la mente de los personajes, como si las canciones que desfilan por sus películas compusieran la música que esos pobres diablos necesitarían escuchar en un preciso momento; porque esos intantes son más importantes por lo que significan para esos personajes que por lo que puedan impactar al espectador. Ese es el acierto.

Resulta difícil escoger alguna de sus películas porque todas esconden momentos sublimes, estallidos de genio que significan más que otras películas completas. Es un romántico que se muestra mucho más orgulloso del camino que de la victoria final.
Pienso en el impacto que me generó Pulp Fiction y en cómo he vuelto sobre ella muchas veces y sólo hace que crecer. Recuerdo la descarga de adrenalina que supuso Rerervoir Dogs (no lo olvidemos, su primera película) o la tensión inhumana de la secuencia inicial de Inglorious Bastards.
Pura devoción en forma de regalo es lo que le entregó a Uma Thurman con Kill Bill, desacomplejada epopeya pop, festín imposible de imágenes donde la historia cuenta poco, pero los personajes crecen cada vez que pronuncian una palabra.
Porque ése es el truco final de Tarantino, sus juguetes. Arranca interpretaciones increíbles a actores que no lo son tanto (John Travolta, Bruce Willis, Michael Madsen la propia Uma Thurman), y lo hace a fuerza de inteligencia salvaje en el diseño de personajes, esculpidos a fuego sobre diálogos chocantes, pero coherentes hasta la enfermedad.
Para Tarantino no existen los personajes secundarios, todos ellos se adueñan de las circunstancias de la película en algún momento, capaces de cambiar nuestras expectativas con una mirada o un gesto afilado. Precisamente su obra más prescindible, Death Proof, lo es porque el director decide no enamorarse de sus criaturas.Quizás sus películas no sean perfectas, quizás por eso sean tan grandes. Sea como sea, una cosa está clara, gente como Tarantino, siempre queda un motivo para tomarse una copa más, algo de lo que hablar o un último beso de que dar. La poesía que se esconde detrás de lo inesperado es el brillo de unos ojos que no piensan cerrarse. Por si acaso, sólo por si acaso.
Dos homenajes:
Y le trailer de su próxima película, Django Unchained; prometiendo otra descarga para el recuerdo:
24 de julio de 2012
Esta vez sí
Quizás el material de los sueños procede de aquello que no hemos aprendido a ser; somos esa extraña química que dilata los urgentes segundos que huyen de nosotros antes de que seamos conscientes de estar despiertos. El futuro son esos instantes en que tomamos consciencia de nosotros mismos, como si el sueño nos empujara lentamente hasta el día en que no volvamos a despertarnos y descubramos por fin lo que significa realmente el paso del tiempo.Vivimos confundidos en vigilias de espacios no consumidos, suspendidos sobre un montón de cosas a medio hacer, alejándonos de lo que debería significar nuestra identidad, seducidos por una melodía incomprensible, banda sonora de quien siente la necesidad cazar antes de ser cazado. Vivimos bajo una presión que está desajustada; somos una avería permanente que ha entrado en un ciclo vicioso que no entiende que gira fuera de su eje, enfermo. Necesitamos alejarnos de esa locura, pero, ¿para hacer exactamente qué?
La respuesta anda lejos de nuestra escasa capacidad de reinventarnos, de adaptarnos al dictado de las rimas asonantes. Vamos justos de camuflaje y la selva está cansada de hacernos favores, de nuestra torpe huida hacia adelante; en cualquier momento, nos recordará el precio de no tener demasiado que ofrecer. En cuanto las cosas se alejan de nuestras expectativas, nos quejamos; como el niño que descubre que el universo no gira a su alrededor. Pero no pedimos ayuda, más bien exhibimos nuestra mala suerte, lo mucho que nos merecíamos y lo poco que nos han dejado. No pedimos ayuda, confiamos en nuestra vanidad.
Aunque no siempre sucede lo previsto; hay gente que se desmelena, se cansa de esperar a que la fortuna le sonría y se inventa el menú; hay gente que sencillamente escribe la carta de arriba abajo y descubre lo fácil que puede resultar no rendir cuentas. Hay gente que prefiere mentir.Porque la mentira sigue siendo esa novia misteriosa que no consigues olvidar, con la que siempre tienes ganas de pasar un rato; tiene el sabor de las historias donde siempre eres el protagonista y todos los personajes giran a tu alrededor. Pero el centro de esta historia siempre se desvela tarde o temprano y reconoces que nunca hubo tal novia, que los recuerdos proceden del tambor de una pistola. Cosas del directo.
Y supongo que el momento más intenso de esta persecución de un personaje que no existe es cuando decides no aceptar la figura que te corresponde en la fotografía, cuando tu propia voz te resulta desconocida en la grabación. Entonces sólo puedes seguir avanzando y contar los segundos que te apartan del accidente.
Tania Head sobrevivió al atentado del World Trade Center del 11 de Septiembre; se encontraba en la planta 79 de la Torre sur y la intervención milagrosa de un bombero le permitió salir del infierno. Su futuro marido perdió la vida en la torre norte. Pasó dos meses en el hospital recuperándose de las graves lesiones sufridas; al salir, su escalofriante relato de los hechos, su empatía y capacidad de liderazgo le llevaron a presidir la Asociación de Supervivientes de los atentados del World Trade Center; se convirtió en uno de los rostros más reconocibles de las víctimas de aquel desastre, protagonizando múltiples homenajes y reconocimientos colectivos.
Precioso; si no hubiera sido todo mentira. En 2007 (sí, seis años después) un periodista del New York Times detectó ciertas incongruencias en su relato y descubrió que Tania Head nunca había existido. Fue la invención de una chica de Barcelona, que decidió que su vida no era suficiente y engendró una nueva. Impresiona que la mentira hubiera podido subsistir tantos años, sometida como estaba a una exposición mediática masiva. Pero lo que realmente me intrigó de la noticia es que la persona en cuestión ya fabulaba con su vida cuando vivía en Barcelona (las heridas de su brazo ocasionadas en el atentado, habían procedido antes de un accidente en un coche deportivo y de una caída de caballo en un elitista club deportivo). Me imagino que todos los pequeños detalles habían ido construyendo grandes historias. Repasas su historia y te topas con cursos de alta dirección, familias pudientes venidas a menos y múltiples clichés y estereotipos que construyen un poema decadente, metáfora de lo que nos han prometido que debe significar el éxito.
No sabes si sentir pena o sorpresa; si observar el caso como un ejemplo de los tiempos que corren o más bien como una historia que tenía que acabar siendo desdichada. No lo sé, pero no consigo conciliar el sueño cuando me imagino a Alicia Esteve suicidando a Tania Red; me inquieta la idea de alguien matando aquello que no consiguió ser, mientras ensaya su próximo personaje. Pensando, esta vez sí.
http://www.lavanguardia.com/libros/20120416/54284823455/libro-narra-engano-barcelonesa-11s.html
21 de junio de 2012
Cuando toca volar
Puedes esconderte para siempre, pensando que la suerte se divierte contigo, mordiéndote como una perra que quiere verte morir poco a poco. Puedes engañarte y creer que necesitas que alguien apueste por ti antes de que se ponga el sol, que un pequeño empuje es cuanto necesitas para conseguir algo que seguramente no necesitas. Puedes incluso soñar que perdiste tus pies antes de decidir dónde ir. Pero la verdad, después de todo, es que siguen ahí, esperándote.
Demasiado a menudo pienso en cruces de caminos sin señalizar, en los instantes que te separan de la responsabilidad. Y los que nos abonamos a la copia y la admiración poco tenemos que perder; siempre puedes lamentarte, volver sobre tus pasos y probar con otra dirección.
Pero no todos son como nosotros. Hay gente que prefiere vendarse los ojos cuando tiene que escoger; y confiar en cuanto han aprendido a ser. Olvidan lo que les enseñaron y ensayan sin red ni público, preparados para la dulce lección del fracaso, seguros de que perderse sólo es el principio de una buena historia.
Y el futuro se dibuja con esos trazos impertinentes, no con nuestra eterna sonrisa de haber hecho lo posible; porque el riesgo puede ser el breve espacio que nos separa del abismo, pero también el salto que nos puede enseñar a volar. Y sólo cuando has comprobado que no sabes atravesar las nubes puedes lamentarte de lo lejos que están. Hay que probarlo; siempre hay que probar.
Suelo pensar que, cuando llega el momento de compartir una creación, ese tipo de pensamientos pueden acudir en estampida, paralizando tu instante. Pero en mi interior sé que es una excusa; si has decidido que puedes volar, aquellas nubes sólo son el primer piso. Quien construye el futuro no pierde el tiempo pensando en él, se abalanza sobre el siguiente minuto y levanta la vista hacia el cielo.
Sucede que siempre puedes escoger y que el camino más fácil puede no ser un buen consejero para según qué cosas, puede ser un compañero tan breve como inconstante en sus promesas. Si eres un músico, uno de verdad, no debe resultar nada complicado adivinar qué tipo de canción te asegura una audiencia masiva; otro tema es que te acompañe la suerte, el dinero y que sepas cómo envolver lo mismo de siempre con un papel que parezca diferente.
Pero si eres músico, uno de verdad, también puedes lanzarte al vacío e intentar descubrirte a ti mismo en esa caída sin fin; y el aire agrietándote la piel te arranca las seguridades, te desnuda, creando una sombra que no es más que el rastro de los recuerdos que caducan. Y justo cuando estás a punto de explotar contra el suelo, notas que empiezas a flotar, que eres libre; vuelas y descubres que tampoco es tan difícil ser fiel a uno mismo si sabes lo que tienes entre manos.
Alt-J han demostrado que se puede surcar el cielo sin llamar demasiado la atención. Su disco An Awesome Wave es descarado, soberbio, desprejuiciado, libre, constante en su apuesta por la sorpresa; es todo eso, y el mejor disco de lo que llevamos de año. Tienen pocos más de veinte años, es su primer trabajo y ya tonteando con la perfección.
Ecléctica mezcla de folk, reggae, ritmos africanos y polvo de estrellas; es una colección inapelable de temas redondos que no tienen amo ni patrón; sólo la evidencia de que en un mundo perfecto esto sería lo más cercano a un éxito que nos podríamos imaginar. Ese no es el mundo que nos ha tocado vivir, pero es el que nos atrevemos a soñar.
Descubrir cosas como esta mientras caminas bajo el sol de un verano que ya se descuelga sobre ti, es la evidencia de que algunos días se construyen con material mágico, al margen de lo previsto, regalándonos lo que necesitábamos sin saberlo.
No podemos saber quién va a quedar allá arriba cuando las nubes se disipen; hay gente que vuela tan alto que huye del campo de visión, del instante reservado al retorno. Eso ocurre con quien se arriesga demasiado. No sé qué ocurrirá con estos chicos pero nadie podrá negar que han conseguido volar; y que lo han hecho muy alto.
Soberbia canción. Beezelocks
Taro, sobre un bello montaje de la película Powaqqatsi
Arrolladora, Fitzpleasure
Por último, curioso ejercicio “reverse” del vídeo de Breezelocks que alumbra su sentido real.
Demasiado a menudo pienso en cruces de caminos sin señalizar, en los instantes que te separan de la responsabilidad. Y los que nos abonamos a la copia y la admiración poco tenemos que perder; siempre puedes lamentarte, volver sobre tus pasos y probar con otra dirección.
Pero no todos son como nosotros. Hay gente que prefiere vendarse los ojos cuando tiene que escoger; y confiar en cuanto han aprendido a ser. Olvidan lo que les enseñaron y ensayan sin red ni público, preparados para la dulce lección del fracaso, seguros de que perderse sólo es el principio de una buena historia.
Y el futuro se dibuja con esos trazos impertinentes, no con nuestra eterna sonrisa de haber hecho lo posible; porque el riesgo puede ser el breve espacio que nos separa del abismo, pero también el salto que nos puede enseñar a volar. Y sólo cuando has comprobado que no sabes atravesar las nubes puedes lamentarte de lo lejos que están. Hay que probarlo; siempre hay que probar.
Suelo pensar que, cuando llega el momento de compartir una creación, ese tipo de pensamientos pueden acudir en estampida, paralizando tu instante. Pero en mi interior sé que es una excusa; si has decidido que puedes volar, aquellas nubes sólo son el primer piso. Quien construye el futuro no pierde el tiempo pensando en él, se abalanza sobre el siguiente minuto y levanta la vista hacia el cielo.
Sucede que siempre puedes escoger y que el camino más fácil puede no ser un buen consejero para según qué cosas, puede ser un compañero tan breve como inconstante en sus promesas. Si eres un músico, uno de verdad, no debe resultar nada complicado adivinar qué tipo de canción te asegura una audiencia masiva; otro tema es que te acompañe la suerte, el dinero y que sepas cómo envolver lo mismo de siempre con un papel que parezca diferente.
Pero si eres músico, uno de verdad, también puedes lanzarte al vacío e intentar descubrirte a ti mismo en esa caída sin fin; y el aire agrietándote la piel te arranca las seguridades, te desnuda, creando una sombra que no es más que el rastro de los recuerdos que caducan. Y justo cuando estás a punto de explotar contra el suelo, notas que empiezas a flotar, que eres libre; vuelas y descubres que tampoco es tan difícil ser fiel a uno mismo si sabes lo que tienes entre manos.
Alt-J han demostrado que se puede surcar el cielo sin llamar demasiado la atención. Su disco An Awesome Wave es descarado, soberbio, desprejuiciado, libre, constante en su apuesta por la sorpresa; es todo eso, y el mejor disco de lo que llevamos de año. Tienen pocos más de veinte años, es su primer trabajo y ya tonteando con la perfección.
Ecléctica mezcla de folk, reggae, ritmos africanos y polvo de estrellas; es una colección inapelable de temas redondos que no tienen amo ni patrón; sólo la evidencia de que en un mundo perfecto esto sería lo más cercano a un éxito que nos podríamos imaginar. Ese no es el mundo que nos ha tocado vivir, pero es el que nos atrevemos a soñar.
Descubrir cosas como esta mientras caminas bajo el sol de un verano que ya se descuelga sobre ti, es la evidencia de que algunos días se construyen con material mágico, al margen de lo previsto, regalándonos lo que necesitábamos sin saberlo.
No podemos saber quién va a quedar allá arriba cuando las nubes se disipen; hay gente que vuela tan alto que huye del campo de visión, del instante reservado al retorno. Eso ocurre con quien se arriesga demasiado. No sé qué ocurrirá con estos chicos pero nadie podrá negar que han conseguido volar; y que lo han hecho muy alto.
Soberbia canción. Beezelocks
Taro, sobre un bello montaje de la película Powaqqatsi
Arrolladora, Fitzpleasure
Por último, curioso ejercicio “reverse” del vídeo de Breezelocks que alumbra su sentido real.
16 de mayo de 2012
Profundo
Nos perdimos en algún lugar antes de ser tú y yo,
con el sabor de un nuevo peligro atrapado en la lengua
y todos los finales imposibles abiertos de par en par,
reclamándonos impacientes como viejos conocidos,
pendientes de nuestra lenta caída desde el sol,
ensayando la sonrisa de una obra maestra deforme.
Cazados por faros en una noche de mil días,
nos fuimos derribando hacia lo más profundo,
lanzados hacia un vacío que no esperaba visita,
como pesos muertos que caen antes de hora.
Dolorosos esclavos de cicatriz inverosímil,
inocentes espaldas partidas por la soledad,
por la breve naturaleza herida de un adiós
que se pronuncia por primera y última vez.
Me pregunto si los disfraces sirven de algo
cuando encuentran pieles tan sensibles,
marchando del baile antes de medianoche,
como amantes furtivos que descubren juntos
que hay mil cosas antes que enloquecer de amor.
Suplicando que todo vuelva a ser como antes,
cuando las promesas sólo eran breves jornadas
entre dos mundos que no necesitaban conocerse.
Ya nunca sabremos cuando arrancó la locura,
pero sigue sangrando el eco de sus mandíbulas,
recuerdos de los profetas de la amenaza permanente,
crujidos de pajar en el circo del ataque inminente.
Y, mientras atiendo a las formas de la amputación,
me pregunto por qué nunca hablamos sobre ello,
por qué seguimos todos refugiados en la calma,
como corderos ancianos que prefieren esperar
al sacrificio indigno y extenuante que se alarga
sobre el escaso sentido que guardan las cosas,
por qué ignoramos la poesía que canta al horror,
si es la que acude a enseñarnos el mejor camino.
Fueron errores de cálculo, la indecente geometría
que nos abandonó a los favores del homicidio;
escribo los pasos que no me atrevo a pronunciar.
Abrazo el aroma que deja el paso de la tormenta,
abatido; agoto las fuerzas necesarias para rendirse.
Pero sólo junto a la nada puedes entender algo.
Y desde lo más profundo creció una canción,
una perla afilada que cortaba el camino de retorno,
de vuelta a un mundo que nunca fue del todo nada;
no puedo hablar de lo que no sé ni saber lo que digo,
sólo disfrutar de la suerte de poder conjugar vida,
de ser parte incrédula de lo que la riada no ahogó.
Desde lo profundo no se acierta ni se falla,
no hay lamentos ni excusas de mal pagador,
sólo un goteo incesante que te abrasa y sonríe,
mientras cuenta tus pocas alternativas al revés
y apuesta por un caballo que nunca debió partir.
Y cuando conoces lo profundo, él te conoce a ti,
es un amigo fiel que viste de asesino,
una pesadilla que tenía que suceder;
eres tú mientras cambias el arma de mano
para acariciar de nuevo el rocío de la mañana.
con el sabor de un nuevo peligro atrapado en la lengua
y todos los finales imposibles abiertos de par en par,
reclamándonos impacientes como viejos conocidos,
pendientes de nuestra lenta caída desde el sol,
ensayando la sonrisa de una obra maestra deforme.
Cazados por faros en una noche de mil días,
nos fuimos derribando hacia lo más profundo,
lanzados hacia un vacío que no esperaba visita,
como pesos muertos que caen antes de hora.
Dolorosos esclavos de cicatriz inverosímil,
inocentes espaldas partidas por la soledad,
por la breve naturaleza herida de un adiós
que se pronuncia por primera y última vez.
Me pregunto si los disfraces sirven de algo
cuando encuentran pieles tan sensibles,
marchando del baile antes de medianoche,
como amantes furtivos que descubren juntos
que hay mil cosas antes que enloquecer de amor.
Suplicando que todo vuelva a ser como antes,
cuando las promesas sólo eran breves jornadas
entre dos mundos que no necesitaban conocerse.
Ya nunca sabremos cuando arrancó la locura,
pero sigue sangrando el eco de sus mandíbulas,
recuerdos de los profetas de la amenaza permanente,
crujidos de pajar en el circo del ataque inminente.
Y, mientras atiendo a las formas de la amputación,
me pregunto por qué nunca hablamos sobre ello,
por qué seguimos todos refugiados en la calma,
como corderos ancianos que prefieren esperar
al sacrificio indigno y extenuante que se alarga
sobre el escaso sentido que guardan las cosas,
por qué ignoramos la poesía que canta al horror,
si es la que acude a enseñarnos el mejor camino.
Fueron errores de cálculo, la indecente geometría
que nos abandonó a los favores del homicidio;
escribo los pasos que no me atrevo a pronunciar.
Abrazo el aroma que deja el paso de la tormenta,
abatido; agoto las fuerzas necesarias para rendirse.
Pero sólo junto a la nada puedes entender algo.
Y desde lo más profundo creció una canción,
una perla afilada que cortaba el camino de retorno,
de vuelta a un mundo que nunca fue del todo nada;
no puedo hablar de lo que no sé ni saber lo que digo,
sólo disfrutar de la suerte de poder conjugar vida,
de ser parte incrédula de lo que la riada no ahogó.
Desde lo profundo no se acierta ni se falla,
no hay lamentos ni excusas de mal pagador,
sólo un goteo incesante que te abrasa y sonríe,
mientras cuenta tus pocas alternativas al revés
y apuesta por un caballo que nunca debió partir.
Y cuando conoces lo profundo, él te conoce a ti,
es un amigo fiel que viste de asesino,
una pesadilla que tenía que suceder;
eres tú mientras cambias el arma de mano
para acariciar de nuevo el rocío de la mañana.
6 de abril de 2012
Shame
La soledad es un latido que sólo te golpea cuando dejas de correr. El dolor en tus piernas desaparece de inmediato y es tu corazón quien está gritando, suplicándote que te detengas, exhausto bajo la respiración de una huida hacia ningún sitio, desde ti mismo. La soledad es un latido; es sangre, es verdad y el instante en el que descubres lo poco que nos separa de no querer nada a necesitarlo todo; lo difícil que es pedir ayuda cuando sabes que nada puede ayudarte. La soledad es un par de ojos apresados por unos párpados a los que no les queda nada por descubrir. La soledad es algo imposible de compartir.
Me resulta doloroso hablar de Shame, de Steve McQueen, porque es soledad. Pero las palabras son como tu destino, ambos los esculpes a dentelladas. Shame nos muestra personajes que no pueden dejar de correr porque saben que el primer latido que escuchen les matará. Son gente que sobrevive al margen de lo aceptable, despedidos de esa jaula que hemos tenido a bien llamar sociedad.
Brandon es un adicto al sexo que huye de la satisfacción mientras corre tras ella, como el arquitecto de un laberinto perdido en el interior de su propia amenaza. Asistimos a cómo su vida se consume por la falta de aliento; actúa como el monstruo que ha olvidado por qué empezó a esconderse de los demás, mientras esos demás le señalamos, asesinando una diferencia que desespera ante nuestros ojos mientras abandona cualquier intención de pedir apoyo. Porque eso es lo que convierte Shame en una obra importante; demuestra que la moral es una opinión que no sabemos demostrar (basta en fijarse cómo le alecciona su virtuoso jefe cuando descubre su adicción). Hay personas que se han quedado sin espacios donde habitar por culpa de nuestras convicciones, esos montones de polvo que ni recordamos de dónde sacamos.
Pero esos condenados a la vergüenza colectiva tienen derecho a masticar también su destino. Brandon y su hermana comparten un pasado que los señaló de algún modo que no llega a desvelarse; todo cuanto reclaman es contar con una de esas oportunidades que el resto desaprovechamos. Son tan diferentes a nosotros que acaban demostrando el vacío de nuestra propia felicidad, una falsa promesa que se queda en apuesta del nada a nada.Y hacía falta un rostro que pudiera percibir todas las aristas de lo inexplicable, alguien que pudiera gritar sin ser visto. La elección de Michael Fassbender no podía ser más acertada; el actor ofrece un recital que el recuerdo guardará a buen recaudo. Inmenso en su intensidad, apabullante en su entrega, demoledor en el desespero; quizás sea mejor no definirlo y limitarnos a caer rendidos a sus pies. Y esa verdadera lección de registros sólo es uno de los detalles que une esta historia a otro gran clásico.
Shame es El Último Tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972) de nuestro tiempo. Como ella, muestra la desesperación de personas que no pueden encajar, que demuestran la avería masiva del sistema. Como ella, también demuestra lo superficial que es nuestra comunidad; tan reprimidos andamos, sexual y culturalmente, que no alcanzamos a entender que ni entonces ni ahora se nos pretende excitar, que Bertolucci y McQueen sólo muestran la crueldad con la que permitimos a seres solitarios hundirse en el infierno, sin más ayuda que su propia carne. Nos enseñan lo barato que es el olvido.Y ese es el principal éxito de la película; consigue mostrarnos un pedazo de vida de seres que quedaron fuera del cuadro, lejos del enfoque de nuestra ingenuidad. Ajenos a nuestra necesidad de pensar que todo está bien; nos engañamos para sobrevivir pero, por el camino, aplastamos lo que no entendemos con la condena a la disidencia.
En un final mágico, trazado por una elipsis que muestra del sinsentido del paso del tiempo cuando todo está dicho, Shame se convierte en una obra mayor, un poema moderno rodado con una belleza fiera, una rotundidad que se asemeja al cubo de agua helada que nos arroja para despertarnos de nuestra cansina letanía de oraciones infantiles. Porque un día de estos dejaremos de correr y descubriremos que todos andamos un poco solos.
Un trailer
Desasosegante New York, New York cantado por la increíble Carey Mulligan
Y una de las mejores y más tensas secuencias que he visto en tiempo. El cazador estallando contra una selva que no reconoce, descubriendo que la presa es él. Sencillamente emocionante, como esa tremenda banda sonora de Harry Scott
26 de febrero de 2012
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